En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme[428], no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero[429], adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero[430], salpicón[431] las más noches, duelos y quebrantos los sábados[432], lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos consumían las tres partes[433] de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte[434], calzas de velludo[435] para las fiestas con sus pantuflos[436] de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí[437] de lo más fino... Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza... Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda, y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en[438] que leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos, y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva[439], porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas[440] razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura; y también cuando leía: Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento, que merece la vuestra grandeza. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles si resucitara para sólo ello.
PARTE I, CAPÍTULOS XLIX Y L
Don Quijote es metido en una jaula por el cura y el barbero, que le hacen creerse encantado para grandes empresas, y así le llevan a su casa. En el camino se les une un canónigo de Toledo, quien, compadecido del prisionero, y hallándole cuerdo en sus razones, logra hacerle desenjaular y le exhorta a que abandone sus disparatadas caballerías. Sobre esto se enreda una discusión, que lejos de convencer a Don Quijote, acaba por suscitar en su imaginación el sueño de la más ideal aventura caballeresca. Al principio, el canónigo, fiando mucho en sus buenos consejos, dirige a Don Quijote esta vehemente exhortación:
«Y si todavía llevado de su natural inclinación quisiere leer libros de hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces, que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un César, Roma; un Anibal[441], Cartago; un Alejandro, Grecia; un Conde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia[442]; un Gonzalo Fernández[443], Andalucía; un Diego García de Paredes[444], Estremadura; un Garci Pérez de Vargas[445], Jerez; un Garcilaso[446], Toledo; un don Manuel de León[447], Sevilla; cuya[448] leción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más altos ingenios que los leyeren. Esta sí será letura digna del buen entendimiento de vuestra merced, señor Don Quijote mío; de la cual saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en la bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado[449] sin cobardía, y todo esto para honra de Dios, provecho suyo y fama de la Mancha, do[450], según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.»
Atentísimamente estuvo Don Quijote escuchando las razones del canónigo, y cuando vió que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un buen espacio mirando, le dijo: «Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a querer darme a entender[451] que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la república, y que yo he hecho mal en leerlos y peor en creerlos, y más mal[452] en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería andante[453] que ellos enseñan; negándome que no ha habido[454] en el mundo Amadises ni de Gaula, ni de Grecia[455], ni todos los otros caballeros de que las escrituras están llenas.»
—«Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando»—dijo a esta sazón el canónigo. A lo cual respondió Don Quijote: «Añadió[456] también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome[457] en una jaula, y que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que mejor[458] deleitan y enseñan.»—«Así es»—dijo el canónigo.—«Pues yo—replicó Don Quijote—hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan recibida en el mundo y tenida por tan verdadera...; porque querer dar a entender a nadie que Amadis no fué en el mundo, ni todos los otros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, será querer persuadir que el sol no alumbra, ni el hielo enfría, ni la tierra sustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fué verdad lo de la infanta Floripés y Gui de Borgoña[459], y lo de Fierabrás con la puente de Mantible[460], que sucedió en el tiempo de Carlomagno? Que ¡voto a tal! que es tanta verdad como es ahora de día; y si es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni la guerra de Troya, ni los doce Pares de Francia, ni el Rey Artús de Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su reino por momentos[461]; y también se atreverán a decir que es mentirosa la historia de Guarino Mezquino[462] y la de la demanda del Santo Grial[463], y que son apócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo[464], como los de Ginebra y Lanzarote[465], habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona, que fué la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y es esto tan así[466], que me acuerdo yo que me decía una mi[467] agüela de partes[468] de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: Aquella, nieto, se parece a la dueña Quintañona[469]; de donde arguyo yo que la debió de conocer ella, o por lo menos debió de alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona, pues aun hasta hoy día se ve en la armería de los reyes la clavija[470] con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Y junto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está el cuerno de Roldán[471], tamaño como una grande viga; de donde se infiere que hubo doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros semejantes,
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van[472].
Si no... digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso[473], las empresas de Mosén Luis de Falces[474] contra don Gonzalo de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos destos y de los reinos extranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.»
Admirado quedó el canónigo de oir la mezcla que Don Quijote hacía de verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería, y así le respondió: «No puedo yo negar, señor Don Quijote, que no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes españoles; y asimismo quiero conceder que hubo doce Pares de Francia; pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el Arzobispo Turpín[475] dellos escribe... En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio[476]; pero de que hicieron las hazañas que dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería de los reyes, confieso mi pecado: que soy tan ignorante o tan corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.»