PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCIÓN[543]

Con gran asombro suyo se sienten estos perros una noche dotados de habla y aprovechan tal beneficio para contarse sus vidas; es esta narración una sátira de la sociedad de entonces y de diversos tipos de la misma. Ya cerca del amanecer, se le ocurre al hablador Berganza contar un incidente más para reírse de las locuras en que abundaban los poetas y hombres de ciencia.

Berganza. Perdóname, porque el cuento es breve y no sufre dilación, y viene aquí de molde.

Cipión. Sí perdono; concluye presto, que a lo que creo, no debe estar muy lejos el día.

Berganza. Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta enfermería, en la una[544] estaba un alquimista[545], en la otra un poeta, en la otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman arbitristas[546].

Cipión. Ya me acuerdo haber visto a esa buena gente.

Berganza. Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado, estando cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno dellos[547], el poeta se comenzó a quejar lastimosamente de su fortuna, y preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su corta suerte. «¿Cómo, y no será razón que me queje, prosiguió, que habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su Poética, que no salga a luz la obra que después de compuesta no hayan pasado diez años por ella[548], y que tenga yo una de veinte años de ocupación y doce de pasante[549], grande en el sujeto[550], admirable y nueva en la invención, grave en el verso, entretenida en los episodios, maravillosa en la división, porque el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen el poema alto, sonoro, heroico, deleitable y sustancioso, y que con todo esto no hallo un príncipe a quien dirigille? Príncipe, digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo. ¡Mísera edad y depravado siglo nuestro!»—«¿De qué trata el libro?» preguntó el alquimista. Respondió el poeta: «Trata de lo que dejó de escribir el arzobispo Turpín del rey Artús de Inglaterra, con otro suplemento de la Historia de la demanda del Santo Brial[551], y todo en verso heroico, parte en octava y parte en verso suelto; pero todo esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin admitir verbo alguno[552].—«A mí, respondió el alquimista, poco se me entiende[553] de poesía; y así no sabré poner en su punto la desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera mayor, no se igualaba a la mía, que es, que por faltarme instrumento o un príncipe que me apoye y me dé a la mano los requisitos que la ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro[554], y con más riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos»—«¿Ha hecho vuesa merced, dijo a esta sazón el matemático, señor alquimista, la experiencia de sacar plata de otros metales?»—«Yo, respondió el alquimista, no la he sacado hasta ahora; pero realmente sé que se saca, y a mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras.»—«Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias, dijo a esta sazón el matemático; pero al fin, el uno tiene libro que dirigir, y el otro está en potencia propincua[555] de sacar la piedra filosofal; mas, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola, que no tiene donde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo[556], y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo he hallado, y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato[557] me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo, que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al agua, y perece de sed; por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo Sísifo.» Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le rompió diciendo: «¡cuatro quejosos, tales que lo pueden ser del Gran Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego yo de oficios y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer a sus dueños! Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial, donde le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo, tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños; pero por lo que me ha sucedido, con los otros memoriales, entiendo que éste también ha de parar en el carnero[558]. Mas, porque vuesas mercedes no me tengan por mentecato, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero decir, que es éste: hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de Su Majestad, desde la edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres, que han de gastar aquel día, se reduzga[559] a dinero y se dé a Su Majestad sin defraudalle un ardite, so cargo de juramento; y con esto en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta, como yo la tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de personas de la dicha edad[560], fuera de los enfermos, más viejos o más muchachos, y ninguno destos dejará de gastar, y esto contado al menorete[561], cada día real y medio, y yo quiero que sea no más de un real, que no puede ser menos, aunque coma alholvas. Pues ¿paréceles a vuesas mercedes que sería barro tener cada mes tres millones de reales como ahechados?»[562] Y esto antes sería provecho que daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al cielo y servirían a su rey, y tal[563] podría ayunar, que le fuese conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios, que destruyen la república.» Riyéronse[564] todos del arbitrio y del arbitrante, y él también se riyó de sus disparates, y yo quedé admirado de haberlos oído, y de ver que por la mayor parte los de semejantes humores venían a morir en los hospitales.

NOTAS

[428] Según tradición coetánea, ya apuntada en el Quijote de Avellaneda, alude a Argamasilla de Alba, pero esto no indica que Cervantes haya estado allí preso, como quisieron suponer algunos críticos. El Quijote «se engendró en una cárcel» como Cervantes dice, pero fué en la de Sevilla, donde efectivamente estuvo preso el autor.

[429] Astillero: estante en que se ponían las astas o lanzas, adorno del portal de la casa de un hidalgo.