Su Política de Dios fué publicada en 1626; en igual año, la Vida del Buscón; los dos Sueños titulados: las Zahurdas de Plutón y la Visita de los Chistes en 1627, y el Marco Bruto en 1644.

El siglo XVI había adornado el lenguaje con el período amplio y la frase fluida y encadenada. Fray Luis de Granada y Fray Luis de León, habían adiestrado en su uso la prosa doctrinal; Cervantes, la prosa narrativa. Sólo en los historiadores (sobre todo en Mendoza, bastante menos en Mariana) se advertía la opuesta tendencia, a la frase cortada y breve. Esta manera especial de los historiadores obedecía, según se ha dicho, a la imitación de Salustio y Tácito, y como en el siglo XVII abundan, al par de los historiadores, los escritores moralistas, que se inspiraban habitualmente en las obras de Séneca el filósofo, cuajadas de sentencias, antítesis y simetrías, de ahí que, contrastando con el lenguaje del siglo XVI, predomine en el del XVII la frase elíptica. Era ésta la forma apropiada para el estilo conceptuoso que entonces predominó entre los prosistas (contrario al que dominó en los poetas, el culterano); la cláusula corta se prestaba muy especialmente para exponer los conceptos, que así llamaban a la comparación primorosa de dos ideas que mutuamente se esclarecen, y en general todo pensamiento agudo enunciado de una manera rápida y picante. Lo que principalmente buscaba el conceptista al escribir, era hacer gala de agudeza e ingenio, por eso muestra gusto especial por las metáforas forzadas, asociaciones anormales de ideas, transiciones bruscas, y gusto por los contrastes violentos en que se funda todo humorismo, que humoristas son los grandes escritores de este siglo, Quevedo y Gracián. En estos autores geniales, el conceptismo aparece lleno de profundidad, la frase encierra más ideas que palabras (al revés del culteranismo, que prodiga más las palabras que las ideas); pero en los autores de orden inferior de este siglo la agudeza suele estribar únicamente en lo rebuscado del pensamiento, en equívocos triviales y en estrambóticas comparaciones. El siglo XVI fué el de esplendor de la prosa castellana, el XVII es ya de decadencia; y uno de los síntomas de ésta es precisamente el buscar como principal sazón de la obra literaria el artificio y la agudeza.

Quevedo es el representante más notable del estilo propio de los autores del siglo XVII y el maestro de casi todos ellos. Es un genio, aunque un genio de la decadencia; modelo en la expresión siempre penetrante y enérgica, en el lenguaje satírico lleno de ironía y escarnio, en el chiste pronto y centelleante, en los abultados rasgos con que esboza los tipos caricaturescos de sus obras festivas y las tétricas fantasías burlescas de sus Sueños. El defecto que a veces echa a perder el estilo de Quevedo es la exageración del ingenio, la originalidad extravagante, la oscuridad del concepto; como dice Fernández Guerra: «hacen sudar sus genialidades y agudezas, y sobre todo su lenguaje es tan idiótico y exquisito, que pone a prueba, para sólo entenderlo a veces, a los talentos más ejercitados en el estudio de nuestro riquísimo idioma».

En su lenguaje se mezclan el artificio literario con la castiza llaneza popular; su vocabulario, al par que abunda en términos técnicos y pedantescos, es de los más ricos en toda clase de términos vulgares, sin que retroceda ante lo más grosero y soez, ofreciéndonos así mezcladas las reminiscencias de la poderosa cultura del autor con la vena genial de su inspiración picaresca.

En el manejo de los caudales de la lengua, muestra Quevedo soltura y desenfado tan magistral, que halla siempre en ella instrumento dócil a sus más sutiles y extrañas ocurrencias; se doblegan a los caprichos de su imaginación lo mismo la sintaxis que la significación de las voces, a las que frecuentemente da un valor convencional y de ocasión, o las leyes de composición de las palabras, pues las forja nuevas siempre que las echa de menos para lograr un efecto cómico, creando así un diccionario burlesco suyo propio, lleno de voces tales como titulecer, remedo de amanecer; disparatario, por vocabulario de disparates; pretenmuela, cuando no le parece propio usar «pretendiente», y otros innumerables, algunos de los cuales forman parte de nuestro lenguaje ordinario. La invención de Quevedo en el vocabulario de burlas la continúan otros autores de este siglo, Gracián por ejemplo, en el vocabulario de las ideas abstractas; y de esta labor de enriquecimiento y neologismo proviene la mayor parte del caudal de la lengua moderna que hoy hablamos. La riqueza heredada, que el lenguaje del siglo XVI ostentaba como único tesoro, parecía ya escasa.

POLÍTICA DE DIOS Y GOBIERNO DE CRISTO

En esta obra dirige Quevedo a Felipe IV reglas de buen gobierno fundadas en los textos de la Biblia. Aquí, comentando a San Lucas, VII, y San Mateo, XI, da las señas ciertas del verdadero rey.

Envió San Juan sus mensajeros a Cristo, que le preguntaron si era el que había de venir, el que esperaban, el Mesías prometido, el rey Dios y hombre. Bien sabía San Juan que era Jesús el prometido, y que no había que esperar a otro: no aguardó a nacer para declararlo[577]. ¿Por qué, pues, manda a sus discípulos el Precursor santísimo que de su parte le pregunten a Cristo lo que él sabía? La materia fué la más grave que dispuso el Padre Eterno, y que obró el Espíritu Santo, y que ejecutó el amor del Hijo: tratábase de dar a entender al mundo con demostración que Jesús era hombre y Dios, el rey ungido que prometieron los Profetas; quiso[578] que su pregunta enseñase con la respuesta de Cristo lo que no podía tener igual autoridad en sus palabras. Literalmente lo probaré con el texto sagrado.

Preguntaron a Jesús si era el prometido, el que había de venir; y Cristo respondió con obras sin palabras; pues luego resucitó muertos, dió vista a ciegos, pies a tullidos, habla a los mudos, salud a los enfermos, libertad a los poseídos del demonio; y después dijo: «Id y diréis a Juan que los muertos resucitan, los ciegos ven, los mudos hablan, los tullidos andan, los enfermos guarecen.» Quien a todos da y a nadie quita; quien a todos da lo que les falta; quien a todos da lo que han menester y desean, ese Rey es, ese es el Prometido, es el que se espera, y con él no hay más que esperar. Pobladas están de coronas y cetros estas acciones. No dijo: «Yo soy rey»; sino mostróse rey. No dijo: «Yo soy el Prometido»; sino cumplió lo prometido. No dijo: «No hay que esperar a otro»; sino obró de suerte, que no dejó que esperar de otro.

Sacra, Católica, Real Majestad[579], bien puede alguno mostrar encendido su cabello en corona ardiente en diamantes, y mostrar inflamada su persona con vestidura, no sólo teñida, sino embriagada con repetidos hervores de la púrpura; y ostentar soberbio el cetro con el peso del oro, y dificultarse a la vista remontado en trono desvanecido[580], y atemorizar su habitación con las amenazas bien armadas de su guarda[581]; llamarse rey, y firmarse rey; mas serlo y merecer serlo, si no imita a Cristo en dar a todos lo que les falta, no es posible, Señor. Lo contrario, más es ofender que reinar.