Quien os dijere que vos no podéis hacer estos milagros, dar vista y pies, y vida, y salud, y resurrección y libertad de opresión de malos espíritus, ese os quiere ciego, y tullido, y muerto, y enfermo, y poseído de su mal espíritu. Verdad es que no podéis, Señor, obrar aquellos milagros; mas también lo es que podéis imitar sus efectos. Obligado estáis a la imitación de Cristo. Si os descubrís donde os vea el que[582] no dejan que pueda veros, ¿no le dais vista? Si dais entrada al que necesitando de ella se la negaban, ¿no le dais pies y pasos? Si oyendo a los vasallos, a quien[583] tenía oprimido el mal espíritu de los codiciosos, los remediais, ¿no les dais libertad de tan mal demonio? Si oís al que la venganza y el odio tiene condenado al cuchillo o al cordel, y le hacéis justicia, ¿no resucitáis un muerto? Si os mostráis padre de los huérfanos y de las viudas, que son mudos, y para quien todos son mudos, ¿no les dais voz y palabras? Si socorriendo los[584] pobres, y disponiendo la abundancia con la blandura del gobierno, estorbáis la hambre y la peste, y en una y otra todas las enfermedades, ¿no sanáis a los enfermos? Pues, ¿cómo, Señor, estos malsines de la doctrina de Cristo os acreditarán los milagros de esta imitación, que sola os puede hacer rey verdaderamente, y pasar la majestad de los cortos límites del nombre? Por esto, soberano Señor, dijo Cristo: «Mayor testimonio tengo que Juan Bautista, porque las obras que hago dan testimonio de mí.» Y reconociendo esto San Juan, no dijo lo que sabía, sino mandó a sus discípulos le preguntasen quién era, para que respondiendo sus obras viese el mundo mayor testimonio que el suyo.

Pues si no puede ser buen rey, imitador del verdadero Rey de los reyes, el que no diere a los suyos salud, vida, ojos, lengua, pies y libertad, ¿qué será el que les quitare todo esto? Será, sin duda, mal espíritu, enfermedad, ceguera y muerte. Considere Vuestra Majestad si los que os apartan de hacer estos milagros quieren ellos solos veros y que los veáis; acompañaros siempre; que no habléis con otros, y que otros no os hablen; que no obréis salud y vida y libertad, sino con ellos; y sin otra advertencia conoceréis que os ciegan, y os enferman, y os tullen, y os enmudecen; y os hallaréis obseso de malos espíritus vos, cuyo oficio es obrar en todos los vuestros lo contrario.

¡Insensatos electores de imperios son los nueve meses! Quien debe la majestad a las anticipaciones del parto y a la primera impaciencia del vientre, mucho hace si se acuerda, para vivir como rey, de que nació como hombre. Pocos tienen por grandeza ser reyes por el grito de la comadre; pocos, aun siendo tiranos, se atribuyen a la naturaleza: todos lo hacen deuda a sus méritos. Dichoso es quien nace para ser rey, si reinando merece serlo; y no se merece sino con la imitación de las obras con que Cristo respondió que era rey. El angélico Doctor Santo Tomás, en el opúsculo De la enseñanza del príncipe, dice que si los monarcas, que están en la mayor altura y encima de todos, no son como el fieltro, que defiende de las inclemencias del tiempo al que le lleva encima, son como las inclemencias, diluvios y piedra sobre las espigas que cogen debajo. Lleva el vasallo el peso del rey a cuestas como las armas, para que le defienda, no para que le hunda. Justo es que recompense, defendiendo, el ser llevado y el ser carga.

VIDA DE MARCO BRUTO

Haciendo amplios comentarios al texto de la Vida de Bruto, escrita por Plutarco, supone que el matador de César pronuncia ante el pueblo esta oración:

«Ciudadanos de Roma: Las guerras civiles, de compañeros de Julio César os hicieron vasallos; y esta mano, de vasallos os vuelve a compañeros. La libertad que os dió mi antecesor Junio Bruto contra Tarquino, os da Marco Bruto contra Julio César. De este beneficio no aguardo vuestro agradecimiento, sino vuestra aprobación. Yo nunca fuí enemigo de César, sino de sus designios; antes tan favorecido[585], que en haberle muerto fuera el peor de los ingratos, si no hubiera sido el mejor de los leales. No han sido sabidoras de mi intención la envidia ni la venganza. Confieso que César, por su valentía y por su sangre, y su eminencia en la arte militar y en las letras, mereció que le diese vuestra liberalidad los mayores puestos; mas también afirmo que mereció la muerte, porque quiso antes tomároslos con el poder de darlos, que merecerlos: por esto no lo he muerto sin lágrimas. Yo lloré lo que él mató en sí, que fué la lealtad a vosotros, la obediencia a los Padres; no lloré su vida, porque supe llorar su alma. Pompeyo dió la muerte a mi padre; y aborreciéndole[586] como a homicida suyo, luego que contra Julio en defensa de vosotros tomó las armas, le perdoné el agravio, seguí sus órdenes, milité en sus ejércitos, y en Farsalia me perdí con él[587]. Llamóme con suma benignidad César, prefiriéndome en las honras y beneficios a todos. He querido traeros estos dos sucesos a la memoria, para que veáis que ni en Pompeyo me apartó de vuestro servicio mi agravio, ni en César me granjearon contra vosotros las caricias y favores. Murió Pompeyo por vuestra desdicha: vivió César por vuestra ruina: matéle yo por vuestra libertad. Si esto juzgáis por delito[588], con vanidad le confieso; si por beneficio, con humildad os le propongo. No temo el morir por mi patria; que primero decreté mi muerte que la de César. Juntos estáis, y yo en vuestro poder; quien se juzgare indigno de la libertad que le doy, arrójeme su puñal, que a mí me será doblada gloria morir por haber muerto al tirano. Y si os provocan a compasión las heridas de César, recorred todas vuestras parentelas, y veréis cómo por él habéis degollado vuestros linajes, y los padres con la sangre de los hijos, y los hijos con la de sus padres, habéis[589] manchado las campañas y calentado los puñales. Esto, que no pude estorbar y procuré defender[590], he castigado. Si me hacéis cargo de la vida de un hombre, yo os le hago de la muerte de un tirano. Ciudadanos: si merezco pena, no me la perdonéis; si premio, yo os le perdono.»

LAS ZAHURDAS DE PLUTÓN

El autor finge en este Sueño que, dejando el camino desagradable y solitario de la virtud, se pasa a otro atestado de gente de todas condiciones que por él corría; encarece el humor agradable y entretenido de estos pasajeros, y pondera su contento de ir en compañía tan reverenda y honrada.

Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas: «¡Dejen pasar los boticarios!»[591]—¿Boticarios pasan?—dije yo entre mí—; al infierno vamos. Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por una puerta como[592] de ratonera, fácil de entrar[593], e imposible de salir por ella.

Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: «Al infierno vamos»; y todos, estando en él, dijeron muy espantados: «¡En el infierno estamos!» ¿En el infierno?—dije yo muy afligido—; ¡no puede ser! Quíselo poner a pleito; comencéme a lamentar de las cosas que dejaba en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas; y estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo, y vi venir por el mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto[594] había conocido allá, poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según se daban priesa a llegar al infierno, estarían conmigo presto.