Comenzóseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes. Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi nombre; díjele y pasé. Llegaron a mis compañeros, y dijeron que eran remendones, y dijo uno de los diablos: «Deben entender los remendones en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen por acá.» Preguntó otro diablo cuántos eran; respondieron que ciento, y replicó un verdugo mal barbado entrecano: «¿Ciento, y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que habemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no recibirles.» Afligiéronse ellos; mas al fin entraron. Ved cuáles son los malos, que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en el infierno. Entró el primero[595] un negro, chiquito, rubio, de mal pelo; dió un salto en viéndose allá, y dijo: «Ahora acá estamos todos.» Salió de un lugar, donde estaba aposentado, un diablo de marca mayor[596], corcovado y cojo; y arrojándolos en una hondura muy grande, dijo: «Allá va leña.» Por curiosidad me llegué a él y le pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo (que era diablo de pocas palabras): «Yo era recuero de remendones. Iba por ellos al mundo, y de traerlos a cuestas me hice corcovado y cojo; he dado en la cuenta, y hallo que se vienen mucho más apriesa que yo los puedo traer.» En esto hizo otro vómito dellos el mundo, y hube de entrarme porque no había donde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno, remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de novedades.

Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y hablóme un hombre, que por las tinieblas no pude divisar más de lo que la llama que le atormentaba me permitía. «¿No me conoce? me dijo; a...» (ya lo iba a decir) y prosiguió tras su nombre:... «el librero? Pues yo soy. ¡Quién tal pensara!» Y es verdad, Dios, que yo siempre lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros... «¿Qué quiere?—me dijo viéndome suspenso—pues es tanta mi desgracia que todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros, y por lo[597] que hicimos barato de los libros en romance y traducidos del latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios; que ya hasta el lacayo latiniza, y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza.» Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó a atormentar con humazos de hojas de sus libros, y otro a leerle alguno dellos. Yo, que vi que ya no hablaba, fuíme adelante, diciendo entre mí: Hay quien se condena por obras malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieran propias?

En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número de ánimas gimiendo, y muchos diablos con látigos y zurriagas azotándolos[598]. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino cocheros; y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que quisiera más (a manera de decir) lidiar con lacayos; porque había cochero de aquellos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el oficio, pues no sabían chasquear los azotes tan bien como ellos...

Y lleguéme a unas bóvedas donde comencé a tiritar de frío y dar diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad de ver frío en el infierno, qué era aquello; y salió a responder un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y dijo: «Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones, truhanes y juglares, chocarreros hombres por demás[599] y que sobran en el mundo, y que están aquí retirados, porque si anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad es tanta, que templaría el dolor del fuego.» Pedíle licencia para llegar a verlos; diómela, y calofriado llegué y vi la más infame casilla del mundo, y una cosa que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones vi muchos hombres honrados que yo había tenido por tales; pregunté la causa, y respondióme un diablo que eran aduladores, y que por esto eran bufones de entre cuero y carne[600]. Y repliqué yo, cómo se condenaban, y me respondieron: «Gente es que se aviene acá sin avisar, a mesa puesta y a cama hecha como en su casa. Y en parte los queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros, y nos ahorran de trabajos, y se condenan a sí mismos; y por la mayor parte en vida los más ya andan con marca del infierno, porque el que no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas en las nalgas o pelar las cejas; y así, cuando acá los atormentamos, muchos dellos después de las penas sólo echan menos las pagas...»

Y volviendo vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego, ni hielo, ni demonio, ni pena alguna, dando las más desesperadas voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose pedazos a golpes y a vuelcos. ¡Válgame Dios!—dije en mi alma, ¿de qué se queja éste no atormentándole nadie? Y él cada punto doblaba sus alaridos y voces. «Dime, dije yo: ¿qué eres y de qué te quejas, si ninguno te molesta, si el fuego no te arde[601] ni el hielo te cerca?»—«¡Ay!, dijo dando voces, que la mayor pena del infierno es la mía: ¿verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más crueles están entregados a mi alma! ¿No los ves?», dijo; y empezó a morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir; «vélos, que sin piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas penas. ¡Ay, qué terrible demonio eres, memoria del bien que pude hacer, y de los consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué representación tan continua! Déjasme tú, y sale el entendimiento con imaginaciones de que hay gloria que pude gozar, y que otros gozan a menos costa que yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento, para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas invisibles, y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí miserable y perpetuo alimento de sus dientes.» Y diciendo esto, salió[602] la voz: «¿Hay en todo este desesperado palacio quien trueque sus almas y sus verdugos a[603] mis penas? Así, mortal, pagan los que supieron en el mundo, tuvieron letras y discurso, y fueron discretos; ellos se son infierno y martirio de sí mismos.» Tornó amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de él medroso, diciendo: ¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quién se lo vió[604] llorar sólo, y tenía dentro de su alma aposentado el infierno?

VISITA DE LOS CHISTES

En este Sueño el autor ve en el Infierno a varios personajes que se nombran en frases hechas. Entrevista con Don Enrique de Villena.

Descubrióse una grandísima redoma de vidrio, dijéronme que llegase, y vi jigote, que se bullía[605] en un ardor terrible, y andaba danzando por todo el garrafón, y poco a poco se fueron juntando unos pedazos de carne y unas tajadas, y déstas se fué componiendo un brazo, un muslo y una pierna, y al fin se coció y enderezó[606] un hombre entero. De todo lo que había visto y pasado me olvidé, y esta visión me dejó tan fuera de mí, que no me diferenciaba de los muertos. ¡Jesús mil veces!, dije, ¿qué hombre es éste, nacido en guisado, hijo de una redoma? En esto oí una voz que salía de la vasija, y dijo: «¿Qué año es éste?»—«De seiscientos y veinte y dos», respondí.—«Este año esperaba yo.»—«¿Quién eres, dije, que, parido de una redoma, hablas y vives?»—«¿No me conoces?, dijo; la redoma y las tajadas ¿no te advierten que soy aquel famoso nigromántico de Europa?[607] ¿No has oído decir que me hice tajadas dentro de una redoma para ser inmortal?»—«Toda mi vida lo he oído decir, le respondí; mas túvelo por conversación de la cuna y cuento de entre dijes y babador. ¿Qué tú eres? Yo confieso que lo más que llegué a sospechar fué que eras algún alquimista que penabas en esa redoma, o algún boticario; todos mis temores doy por bien empleados por haberte visto.»—«Sábete, dijo, que mi nombre no fué del título que me da la ignorancia[608], aunque tuve muchos; sólo te digo que estudié y escribí muchos libros, y los míos quemaron, no sin dolor de los doctos.»—«Sí me acuerdo, dije yo: oído he decir que estás enterrado en un convento de religiosos; mas hoy me he desengañado.»—«Ya que has venido aquí, dijo, desatapa esa redoma.» Yo empecé a hacer fuerza y a desmoronar tierra con que estaba enlodado el vidrio de que era hecha, y díjome: «espera; dime primero: ¿hay mucho dinero en España? ¿En qué opinión está el dinero? ¿Qué fuerza alcanza? ¿Qué crédito? ¿Qué valor?» Respondíle: «No han descaecido las flores de las Indias, aunque los extranjeros han echado unas sanguijuelas desde España al cerro del Potosí, con que se van restañando las venas, y a chupones se empezaron a secar las minas.»—«¿Ginoveses andan a la zacapela con el dinero?, dijo él; vuélvome jigote. Hijo mío, los ginoveses son lamparones del dinero, enfermedad que procede de tratar con gatos[609]. Y vese que son lamparones, porque sólo el dinero que va a Francia[610] no admite ginoveses en su comercio. ¿Salir tenía yo[611] andando esos usagres de bolsas por las calles? No digo yo hecho jigote en redoma, sino hecho polvos en salvadera quiero estar antes que verlos hechos dueños de todo.»—«Señor nigromántico, repliqué yo, aunque esto es así, han dado en adolecer de caballeros en teniendo caudal, úntanse de señores, y enferman de príncipes; y con esto y los gastos y empréstidos[612] se apolilla la mercancía y se viene todo a repartir en deudas y locuras. La verdad adelgaza y no quiebra, en esto se conoce que los ginoveses no son verdad, porque adelgazan y quiebran.»—«Animádome has, dijo, con eso. Dispondréme a salir desta vasija, como primero me digas en qué estado está la honra en el mundo.»—«Mucho hay que decir en esto, le respondí yo; tocado has una tecla del diablo: todos tienen honra y todos son honrados, y todos lo hacen todo caso de honra. Hay honra en todos estados, y la honra se está cayendo de su estado, y parece que está ya siete estados debajo de tierra. Si hurtan, dicen que por conservar esta negra de honra, y que quieren más hurtar que pedir. Si piden, dicen que por conservar esta negra honra, y que es mejor pedir que no hurtar. Si levantan un testimonio, si matan a uno, lo mismo dicen; que un hombre honrado antes se ha de dejar morir entre dos paredes que sujetarse a nadie, y todo lo hacen al revés. Y al fin en el mundo todos han dado en la cuenta, y llaman honra a la comodidad; y con presumir de honrados y no serlo, se ríen del mundo.»—«El diablo puede salir a vivir en ese mundecillo, dijo el. Considérome yo a los hombres con unas honras títeres que chillan, bullen y saltan; que parecen honras, y mirado bien son andrajos y palillos. ¿El no decir verdad será mérito? ¿El embuste y la trapaza caballería? ¿Y la insolencia donaire? Honrados eran los españoles cuando podían decir deshonestos y borrachos a los extranjeros; mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya en España ni el vino se queja de mal bebido ni los hombres mueren de sed. En mi tiempo no sabía el vino por dónde subía a las cabezas, y ahora parece que se sube hacia arriba... Dime, ¿hay letrados?»—«Hay plaga de letrados, dije yo; no hay otra cosa sino letrados; porque unos lo son por oficio, otros lo son por presunción, otros por estudio, y déstos pocos; y otros (éstos son los más) son letrados porque tratan con otros más ignorantes que ellos (en esta materia hablaré como apasionado), y todos se graduan de dotores y bachilleres, licenciados y maestros, más por los mentecatos con quien tratan que por las universidades; y valiera más a España langosta perpetua que licenciados al quitar.»—«Por ninguna cosa saldré de aquí, dijo el nigromántico. ¿Eso pasa? Ya yo los temía, y por las estrellas alcancé esa desventura; y por no ver los tiempos que han pasado embutidos de letrados me avecindé en esta redoma, y por no los verme quedaré hecho pastel en bote.» Repliqué: «En los tiempos pasados, que la justicia estaba más sana, tenía menos dotores, y hála sucedido lo que a los enfermos, que cuantas más juntas de dotores se hacen sobre él, más peligro muestra y peor le va, sana menos y gasta más. La justicia, por lo que tiene de verdad, andaba desnuda; ahora anda empapelada como especias. Un Fuero Juzgo con su maguer y su cuemo, y conusco y faciamus, era todas las librerías; y aunque son voces antiguas, suenan con mayor propiedad, pues llaman sayón al alguacil, y otras cosas semejantes. Ahora ha entrado una cáfila de Menoquios, Surdos y Fabros, Farinacios y Cujacios, consejos y decisiones y responsiones y lecciones y meditaciones; y cada día salen autores, y cada uno con tres volúmenes: Doctoris Putei, I, 6, volúmenes 1, 2, 3, 4, 5, 6 hasta 15. Licenciati Abbatis de Usuris, Petri Cusqui in Codicem, Rupis, Brutiparcin, Castani, Montocanense de Adulterio et Parricidio, Cornazano, Rocabruno, etc. Los letrados todos tienen un cimenterio por librería, y por ostentación andan diciendo: tengo tantos cuerpos; y es cosa brava que las librerías de los letrados todas son cuerpos sin alma, quizá por imitar a sus amos. No hay cosa en que no nos dejen tener razón; sólo lo que no dejan tener a las partes es el dinero, que le quieren ellos para sí. Y los pleitos no son sobre si lo que deben a uno se lo han de pagar a él; que eso no tiene necesidad de preguntas y respuestas: los pleitos son sobre que el dinero sea de letrados y del procurador, sin justicia, y la justicia sin dinero, de las partes. ¿Queréis ver que tan malos son los letrados? Que si no hubiera letrados, no hubiera porfías; y si no hubiera porfías, no hubiera pleitos; y si no hubiera pleitos, no hubiera procuradores; y si no hubiera procuradores, no hubiera enredos; y si no hubiera enredos, no hubiera delitos; y si no hubiera delitos, no hubiera alguaciles; y si no hubiera alguaciles, no hubiera cárcel; y si no hubiera cárcel, no hubiera jueces; y si no hubiera jueces, no hubiera pasión; y si no hubiera pasión, no hubiera cohecho. Mirad la retahila de infernales sabandijas que se produce de un licenciadito, lo que disimula una barbaza[613] y lo que autoriza una gorra. Llegaréis a pedir un parecer, y os dirán: Negocio es de estudio; diga vuesa merced, que ya estoy al cabo; habla la ley en propios términos.—Toman un quintal de libros, dánle dos bofetadas hacia arriba y hacia abajo, y leen de priesa, arremedando un abejón, luego dan un gran golpe con el libro patas arriba sobre una mesa, muy esparrancado de capítulos, y dicen: En el propio caso habla el jurisconsulto. Vuesa merced me deje los papeles; que me quiero poner bien en el hecho del negocio, y téngalo por más que bueno, y vuélvase por acá mañana en la noche; porque estoy escribiendo sobre la tenuta de Trasbarras; mas, por servir a vuesa merced, lo dejaré todo. Y cuando al despediros le queréis pagar (que es para ellos la verdadera luz y entendimiento del negocio que han de resolver), dice, haciendo grandes cortesías y acompañamientos: ¡Jesús, señor! Y entre Jesús y señor, alarga la mano, y para gastos de pareceres se emboca un doblón.»—«No he de salir de aquí (dijo el nigromántico) hasta que los pleitos se determinen a garrotazos; que en el tiempo que por falta de letrados se determinaban las causas a cuchilladas, decían que el palo era alcalde[614], y de ahí vino: Júzguelo el alcalde de palo. Y si he de salir ha de ser sólo a dar arbitrio a los reyes del mundo, que quien quisiere estar en paz y rico, me pague los letrados a su enemigo para que lo embelequen y roben y consuman. Dime, ¿hay todavía Venecia en el mundo?»—«Sí la hay, dije yo; no hay otra cosa sino Venecia y venecianos.»—«¡Oh! dóila al diablo (dijo el nigromántico) por vengarme del mismo diablo, que no sé que pueda darla a nadie sino por hacerle mal. Es república esa, que mientras que no tuviere conciencia durará, porque si restituye lo ajeno no le queda nada. ¡Linda gente!, la ciudad fundada en el agua, el tesoro y la libertad en el aire, la deshonestidad en el fuego; y al fin es gente de quien huyó la tierra[615], y son narices de las naciones y el albañal de las monarquías por donde purgan las inmundicias de la paz y de la guerra; y el turco los permite por hacer mal a los cristianos, los cristianos por hacer mal a los turcos, y ellos, por poder hacer mal a unos y a otros, no son moros ni cristianos, y así dijo uno dellos mismos en una ocasión de guerra, para animar a los suyos contra los cristianos. ¡Ea, que antes fuisteis venecianos que cristianos! Dejemos eso, y dime: «¿hay muchos golosos de valimientos de los hombres del mundo?»—«Enfermedad es (dije yo) esa de que todos los reinos son hospitales.» Y él replicó: «Antes casas de orates entendí yo; mas según la relación que me haces, no me he de mover de aquí. Mas quiero que tú les digas a esas bestias que en albarda tienen la vanidad y ambición, que los reyes y príncipes son azogue en todo. Lo primero, el azogue, si le quieren apretar, se va; así sucede a los que quieren tomarse con los reyes más mano[616] de lo que es razón. El azogue no tiene quietud; así son los ánimos por la continua mareta de negocios. Los que tratan y andan con el azogue, todos andan temblando; así han de hacer los que tratan con los reyes, temblar delante dellos de respeto y temor, porque si no, es fuerza que tiemblen después hasta que caigan. ¿Quién reina ahora en España, que es la postrera curiosidad que he de saber; que me quiero volver a jigote, que me hallo mejor?» «Murió Filipo III», dije yo.—«Fué santo rey y de virtud incomparable (dijo el nigromántico), según leí yo en las estrellas pronosticado.»—«Reina Filipo IV días há», dije yo.—«¿Eso pasa? (dijo). ¿Qué, ya ha dado el tercero cuarto para la hora que yo esperaba?» Y diciendo y haciendo subió por la redoma, y la trastornó y salió fuera. Iba diciendo y corriendo: «Más justicia se ha de hacer ahora por un Cuarto que en otros tiempos por doce millones.»

Yo quise partir tras él, cuando me asió del brazo un muerto, y dijo: «Déjale ir; que nos tenía con cuidado a todos; y cuando vayas al otro mundo di que Agrages estuvo contigo, y que se queja que le levantéis: Agora lo veredes[617]. Yo soy Agrages: mira bien que no he dicho tal; que a mí no se me da nada que ahora ni nunca lo veáis; y siempre andáis diciendo: Agora lo veredes, dijo Agrages. Sólo ahora que a tí y al de la redoma os oí decir que reinaba Filipo IV, digo que ahora lo veredes. Y pues soy Agrages, agora lo veredes, dijo Agrages

VIDA DEL BUSCÓN LLAMADO DON PABLOS