El de Santa Coloma, avisado de esta novedad, procuró, previniéndola, estorbar el daño que ya antevía: comunicólo a la ciudad, diciendo le parecía conveniente a su devoción y festividad que los segadores fuesen detenidos, porque con su número no tomase algún mal propósito el pueblo, que ya andaba inquieto; pero los conselleres de Barcelona (así llaman los ministros de su magistrado; consta de cinco personas), que casi se lisonjeaban de la libertad del pueblo, juzgando de su estruendo habría de ser la voz que más constante votase el remedio de su república, se excusaron con que los segadores eran hombres llanos y necesarios al manejo de las cosechas; que el cerrar las puertas de la ciudad, causaría mayor turbación y tristeza; que quizá su multitud no se acomodaría a obedecer la simple orden de un pregón. Intentaban con esto poner espanto al Virey para que se templase en la dureza con que procedía; por otra parte, deseaban justificar su intención por cualquier suceso.
Pero el Santa Coloma ya imperiosamente les mostró con claridad la peligrosa confusión que los aguardaba en recibir tales hombres; empero volvió el magistrado por segunda respuesta que ellos no se atrevían a mostrar a sus naturales tal desconfianza; que reconocían parte de los efectos de aquel recelo; que mandaban armar algunas compañías de la ciudad para tenerla sosegada; que donde su flaqueza no alcanzase, supliese la gran autoridad de su oficio, pues a su poder tocaba hacer ejecutar los remedios que ellos sólo podían pensar y ofrecer. Estas razones detuvieron al conde, no juzgando por conveniente rogarles con lo que no podía hacerles obedecer, o también porque ellos no entendiesen eran tan poderosos, que su peligro o su remedio podía estar en sus manos.
Amaneció el día en que la Iglesia católica celebra la institución del Santísimo Sacramento del altar; fué aquel año el 7 de junio; continuóse por toda la mañana la temida entrada de los segadores. Afirman que hasta dos mil, que con los anticipados hacían más de dos mil y quinientos hombres, algunos de conocido escándalo; dícese que muchos, a la prevención y armas ordinarias, añadieron aquella vez otras, como que advertidamente fuesen venidos para algún hecho grande.
Entraban y discurrían por la ciudad; no había por todas sus calles y plazas sino corrillos y conversaciones de vecinos y segadores; en todos se discurría sobre los negocios entre el rey y la provincia, sobre la violencia del Virey, sobre la prisión del diputado y concejeros, sobre los intentos de Castilla y, últimamente, sobre la libertad de los soldados; después, ya encendidos de su enojo paseaban llenos de silencio por las plazas, y el furor oprimido de la duda forcejaba por salir, asomándose a los efectos, que todos se reconocían rabiosos e impacientes; si topaban algún castellano, sin respetar su hábito o puesto, lo miraban con mofa y descortesía, deseando incitarlos al ruido; no había demostración que no prometiese un miserable suceso...
Señalábase entre todos los sediciosos uno de los segadores, hombre facineroso y terrible, al cual queriendo prender, por haberle conocido, un ministro inferior de la justicia, hechura y oficial del Monredón (de quien hemos dicho), resultó desta contienda ruido entre los dos; quedó herido el segador, a quien ya socorría gran parte de los suyos. Esforzábase más y más uno y otro partido, empero siempre ventajoso el de los segadores. Entonces algunos de los soldados de milicia que guardaban el palacio del Virey, tiraron hacia el tumulto, dando a todos más ocasión de remedio. A este tiempo rompían furiosamente en gritos: unos pedían venganzas; otros, más ambiciosos, apellidaban la libertad de la patria; aquí se oía: «¡Viva Cataluña y los catalanes!» Allí otros clamaban: «¡Muera el mal gobierno de Felipe!» Formidables resonaron la primera vez estas cláusulas en los recatados oídos de los prudentes; casi todos los que no las ministraban las oían con temor, y los más no quisieran haberlas oído. La duda, el espanto, el peligro, la confusión, todo era uno; para todo había su acción, y en cada cual cabían tan diferentes efectos; sólo los ministros reales y los de la guerra lo esperaban, iguales en el celo. Todos aguardaban por instantes la muerte (el vulgo furioso, pocas veces para sino en sangre); muchos, sin contener su enojo, servían de pregón al furor de otros; éste gritaba cuando aquél hería, y éste, con las voces de aquél, se enfurecía de nuevo. Infamaban los españoles con enormísimos nombres; buscábanlos con ansia y cuidado, y el que descubría y mataba, ese era tenido por valiente, fiel y dichoso.
Las milicias armadas, con pretexto de sosiego, o fuese orden del conde o sólo de la ciudad, siempre encaminada a la quietud, los mismos que en ellas debían servir a la paz, ministraban el tumulto.
Porfiaban otras bandas de segadores, esforzados ya de muchos naturales, en ceñir la casa del Santa Coloma; entonces los diputados de la General, con los conselleres de la ciudad, acudieron a su palacio; diligencia que más ayudó la confusión del conde, de lo que pudo socorrérsela; allí se puso en plática saliese de Barcelona con toda brevedad, porque las cosas no estaban ya de suerte que accidentalmente pudiesen remediarse; facilitábanle con el ejemplo de don Hugo de Moncada, en Palermo, que, por no perder la ciudad, la dejó, pasándose a Mesina. Dos galeras genovesas en el muelle, daban todavía esperanza de salvación. Escuchábalo Santa Coloma, pero con ánimo tan turbado, que el juicio ya no alcanzaba a distinguir el yerro del acierto. Cobróse y resolvió despedir de su presencia casi todos los que le acompañaban, o fuese que no se atrevió a decirles de otra suerte que escapasen las vidas, o que no quiso hallarse con tantos testigos a la ejecución de su retirada. En fin, se excusó a los que le aconsejaban su remedio, con peligro, no sólo de Barcelona, sino de toda la provincia; juzgaba la partida indecente a su dignidad; ofrecía en su corazón la vida por el real decoro; de esta suerte, firme en no desamparar su mando, se dispuso a aguardar todos los trances de su fortuna.
Del ánimo del magistrado no haremos discurso en esta acción, porque ahora el temor, ahora el artificio, le hacían que ya obrase conforme a la razón, ya que disimulase, según la conveniencia. Afírmase por sin duda que ellos jamás llegaron a pensar tanto del vulgo, habiendo mirado apaciblemente sus primeras demostraciones.
No cesaba el miserable Virey en su oficio, como el que con el remo en la mano piensa que por su trabajo ha de llegar al puerto; miraba y revolvía en su imaginación los daños, y procuraba su remedio; aquel último esfuerzo de su actividad estaba enseñando ser el fin de sus acciones.
Recogido a su aposento, escribía y ordenaba; pero ni sus papeles ni sus voces hallaban reconocimiento u obediencia. Los ministros reales deseaban que su nombre fuese olvidado de todos; no podían servir en nada; los provinciales ni querían mandar, menos obedecer.