La Memoria en defensa de la Junta Central fué escrita un año antes de la muerte del autor.

El siglo XVIII es de gran decadencia de la prosa. Apenas se empleaba ésta más que en la exposición doctrinal y en la controversia; abundan los investigadores de la historia, Berganza, Flórez, Masdeu, Mayans; pero si sus escritos están muy llenos de crítica, carecen de estilo, y la historia como arte no se escribe hasta Quintana; la novela no tiene otra manifestación notable que el Fray Gerundio del Padre Isla; en fin, apenas se hallarán sino dos maneras de prosa: la didáctica y la polémica. A consecuencia de esta pobreza de vida literaria, los buenos escritores de este siglo encontraban una gran dificultad en su camino; pues lejos de disponer de una lengua artística favorable, la hallaron estragadísima, teniendo que aplicar cuidado y atención muy especiales en huir los muchos defectos en que abundaba la lengua que entonces se escribía ordinariamente. El vocabulario de la lengua escrita andaba muy menguado por el mal gusto de amanerados autores, que ni se inspiraban en los clásicos nacionales ni en el habla viva del pueblo; su principal fondo lo formaban, de un lado, los latinismos extravagantes y los términos abstractos introducidos a manos llenas en la poesía y en la oratoria por los culteranos, y en la prosa por los conceptistas, y de otra parte, gran caudal de galicismos que se desbordaba merced al gran favor que en toda Europa gozaban entonces las ideas y los libros franceses.

Jovellanos consiguió expurgar su dicción de estos viciosos elementos; y si en las oraciones académicas y discursos de su primera época no lo consiguió del todo, en la Memoria de la Ley Agraria y en la Defensa de la Junta Central aparece su estilo muy aliviado de cultismos y libre de galicismos. Sin embargo, entiéndase esto último respecto del galicismo en el vocabulario, que era fácil de desterrar cuando ya existía el Diccionario académico de autoridades, que permitía averiguar rápidamente si tal vocablo estaba o no autorizado por nuestros buenos escritores; pero el galicismo en la sintaxis, como es más difícil de reconocer y de estudiar, escapó con mayor facilidad a las persecuciones de nuestros más esmerados prosistas[625].

Jovellanos puede pasar por el mejor tipo de prosa que nos ofrece el siglo XVIII; en él aparecen reunidos con feliz tino los elementos de la lengua clásica, con los elementos nuevos que era necesario acoger para reflejar el pensamiento moderno, predispuesto a giros distintos que los habituales en los autores antiguos, y preocupado de materias por ellos no tratadas, como las relacionadas con la economía.

Jovellanos era ciertamente un purista, que buscaba restaurar, en lo posible, la castiza lengua de nuestros clásicos; pero no era radical en esta tendencia, como lo fué Vargas Ponce, que cayó en una exageración sistemática de arcaísmo; el purismo de Jovellanos, como el de Toreno y Quintana, fué templado, el que prevaleció e informa la lengua que hoy usamos todos.

Lejos de toda afección de clasicismo rígido, la prosa de Jovellanos es la primera de un grande autor moderno que nos ofrece un nuevo elemento de riqueza; el provincialismo, usado intencionadamente como recurso artístico, para lograr una expresión breve y pintoresca. En sus cartas familiares, sobre todo en las dirigidas a su paisano el canónigo don Carlos González de Posada, se hallan bastantes voces asturianas, como bígaro (caracol de mar), escazabellar (revolver papelotes), solmenar (sacudir con fuerza), peñerar (cerner), etcétera[626], y basta recordar las novelas de Valera y de Pereda para comprender el valor que en una obra literaria pueden tener estos elementos dialectales.

DEFENSA DE LA JUNTA CENTRAL

ARTÍCULO III, INIC.

La Junta Central, que asumió el poder de la nación en 1808 en ausencia de Fernando VII, terminó su misión en enero de 1810, siendo sus miembros objeto de calumnias y persecuciones secundadas por la suprema Regencia y por el Consejo de España e Indias. Jovellanos, miembro de esa Junta, habla en defensa propia y de sus compañeros.