En la última calumnia divulgada contra los miembros de la Junta gubernativa, acabaron de vomitar sus enemigos todo el odio que en sus ruines almas escondían. Era muy grave, sin duda, sobre vergonzoso, el crimen de peculato; pero el de infidencia a la patria en las circunstancias en que, y en las personas a quienes se imputaba, reunía toda la enormidad que podía hacerle en el más alto grado abominable y atrocísimo. Y esto hace ver que si nuestros calumniadores fueron bastante insensatos para atribuirnos un crimen, que por inverosímil y repugnante se haría increíble o se desvanecería por sí mismo, también fueron bastante malvados en aprovechar el momento que era más favorable para producir el pronto y terrible efecto a que aspiraban. Hallábase la nación consternada por la triste y no esperada derrota de Ocaña y por la falta del mejor de sus ejércitos; los enemigos, vencida la barrera de Sierra-Morena, venían derramándose sobre los cuatro reinos de Andalucía; uno de sus ejércitos se avanzaba al de Sevilla y amenazaba su capital; aquella populosa ciudad estaba ya en el mayor sobresalto, y en este punto el Gobierno, saliendo de ella para trasladarse a la isla de León, parecía abandonarla a su suerte. ¡Qué momento tan oportuno para representar los centrales como fugitivos y traidores a la credulidad de un vulgo tan acostumbrado a oír esta voz, y tan agitado y descontento entonces, como propenso siempre a atribuir a la infidelidad las desgracias públicas!

Pero por más que circunstancias tristes y raras hubiesen favorecido aquella calumnia en Sevilla, por más que su eco hubiese resonado en otras partes por algunos días, por más que la emulación y la envidia hubiese salido en su apoyo en los lugares en que se reunió el Gobierno, el tiempo sólo bastó para desvanecerla; la verdad tomó su lugar, y se puede ya asegurar sin reparo que no habrá hoy en toda la extensión de España un solo hombre de sano juicio y recto corazón que pueda darle el más pequeño asenso.

Porque ¿a quién podría persuadirse que hombres tan altamente calificados por la opinión pública cayesen todos de repente en tanta vileza y corrupción como sus calumniadores suponían? ¿Cabía esto siquiera en el corazón humano? No por cierto. Capaz del bien y el mal, así como no se levanta de un vuelo hasta la cima de la heroica virtud, tampoco se despeña de un golpe en la sima de la iniquidad. Máximas de prudencia y justicia, de moderación y honestidad, bebidas en la primera educación; ejemplos de fortaleza, de beneficencia y patriotismo presentados en la juventud, y admirados y fielmente seguidos, forman los hábitos virtuosos que le perfeccionan y elevan por grados a la primera. Ignorancia y abandono en la primera edad, malos ejemplos aplaudidos o defectos tolerados, y pasiones mal reprimidas en la adolescencia, forman los hábitos perversos, que le corrompen y abaten hasta la segunda. Cabe sin duda en la flaqueza humana que un hombre antes inocente, agitado por el furor de una pasión fogosa y exaltada, se arroje sin reflexión a cometer alguna acción temeraria y violenta; pero ¿cabrá en este hombre un atroz designio, que no pueda concebirse sino por la más negra iniquidad, ordenarse sino con la más fría y profunda meditación, ni ejecutarse sino por medios viles, oficios tenebrosos, arterías y astucias pérfidamente maquinadas? Y lo que no cabe en un hombre solo ¿cabría en más de treinta de tan distinguido carácter y de probidad tan generalmente reconocida? Creer, pues, que todos, sin excepción alguna, desmintiesen de repente esta probidad, y haciéndose insensibles al freno del honor y sordos a la voz de la conciencia, y olvidados de lo que debían a su Dios, a su rey, a su patria y a sí mismos, se hiciesen de repente traidores, sería creer un fenómeno, tan raro en el orden moral como el retroceso de los planetas en el orden físico.

Y aun dado por posible este fenómeno moral, ¿cómo lo sería que en tanto número de personas de tan diferente condición y carácter se hallase tan estrecha unión, tan estudiado disimulo, tan profundo secreto y tan tortuosa conducta, como este malvado designio requería? Y cuando esto fuera repugnante en cualquier noble corporación, cuando lo fuera en el más humilde gremio o cofradía, ¿cuánto más no lo fuera en un cuerpo compuesto de tan nobles y tan varios elementos; en un cuerpo en que se habían reunido prelados, grandes, canónigos, militares, togados, intendentes y otras personas de diferente clase y profesión; en un cuerpo cuyos individuos se distinguían, más todavía que por su profesión, por su clase, por su educación, por sus talentos, por sus estudios, por sus servicios y por su conducta y carácter, y entre los cuales, por lo mismo, no podían faltar ni el deseo de dominar y distinguirse, ni la lucha y diferencia de opiniones, ni los celos y desavenencias, ni la falta de discreción y prudencia, ni la buena ni aun la mala emulación; vicios endémicos que turban la concordia de todas las corporaciones? Y cuando nuestros enemigos no cesaban de llamar defectuosa e imperfecta nuestra institución, precisamente porque entre tanto número de individuos creían difícil hallar la unión, la actividad y el secreto necesario para salvar la patria, ¿cómo podrían creer que sólo era fácil para venderla? ¿Creían por ventura que esta unión era imposible para el bien, y sólo posible y fácil para el mal? ¡Insensatos! El honor, la conciencia, el respeto a la opinión pública, el amor a nuestro rey y a nuestra patria, y el odio a la tiranía, nos pudieron unir y nos unieron para desempeñar fielmente nuestro deber hasta donde nuestras luces y nuestras fuerzas alcanzaron. ¿Cuáles, decid, cuáles pudieron ser los motivos que nos uniesen para prostituirle?

Porque siendo constante que los hombres no obran sin que algún impulso mueva o determine su acción, y que este impulso deba ser proporcionado a la grandeza de las acciones que produce, a nuestros enemigos toca señalar cuál pudo ser el que sacándonos de la senda del honor y virtud nos despeñó en tanta vileza y depravación. Sentimientos de odio y de amor, de temor o de interés, suelen mover poderosamente las acciones humanas. Y bien, ¿cuál de éstos pudo movernos a ser traidores a nuestro rey y a nuestra patria? ¿Será el odio a un rey tan virtuoso y tan desgraciado, o a una patria tan generosa y tan afligida? ¿A un rey que libraba en nosotros la esperanza de recobrar su libertad y su trono, o a una patria que nos había confiado el rescate de su rey y la defensa de su libertad? ¿Sería acaso el amor? Pero ¿a quién? ¿Al monstruo de perfidia que tan vilmente había engañado a nuestro amado e inocente rey, y tan cruelmente estaba ultrajando y oprimiendo a nuestra heroica y querida patria? ¿Sería el temor? Pero ¿qué podían temer los que estaban cubiertos con el escudo de la suprema autoridad y defendidos por todo el poder de una nación tan heroica y valiente? ¿Sería el interés? Pero ¿cuál pudo tentar a los que habían abandonado sus empleos, su casa, su fortuna y sus esperanzas para servir y ser fieles a su patria? Ni ¿qué interés pudo presentar a nuestra ambición la ruin política del tirano? ¿De mando? ¿Cuál igualaría al que ejercíamos en el seno de nuestra patria? ¿De honores? Y ¿cuáles serían comparables a aquel a que nuestra patria nos había elevado? ¿De otras altas recompensas? Pero ¿cuáles podría esperar nuestra perfidia de un tirano ofendido y provocado, que no pudiese esperar nuestra fidelidad de una patria generosa y reconocida? No, no; si esto no cabía en nuestro carácter ni en nuestra conciencia, menos cabía en nuestra razón ni en nuestra seguridad. ¿Podíamos acaso desconocer la condición de un tirano, modelo de tiranos, tan sabiamente prevista y tan exactamente definida por nuestras leyes? ¿Podíamos poner la menor confianza en los halagos y sugestiones de un monstruo, para quien la religión, los dulces vínculos del amor y de la sangre, el honor, la amistad, la buena fe, son nombres vanos; para quien las palabras, las promesas, los más solemnes tratados y los más santos juramentos, no son otra cosa que medios de seducción y perfidia?

Pero ¿qué digo? Los que disfrutábamos el alto honor de estar al frente de la nación más heroica del mundo, y aclamados en ella por padres de la patria, ¿iríamos a postrarnos a los pies del soldán de la Francia, para que nos pusiese en la lista de sus viles esclavos? ¿Iríamos a inclinar la rodilla ante el sátrapa de Madrid, para ayudarle a usurpar el trono de Pelayo y robar a nuestro Fernando el Sétimo la herencia de los Alfonsos y los Fernandos de Castilla? ¿Iríamos a mezclarnos con los Ofarriles, Urquijos y Morlas; con los caballeros Arribas y Marquinas, para ser, como ellos, insultados y despreciados por los insolentes bajáes del tirano, o iríamos a confundirnos entre los demás apóstatas de la patria, para ser, como ellos, escupidos y escarnecidos por nuestros fieles y oprimidos hermanos, para ostentar a su vista la ignominia que cubre siempre el rostro de los traidores, y para ser a todas horas objeto de su odio y execración? ¡Oh, colmo de ignominia y vileza! ¡Oh, asombro de malicia y perversidad! ¡Españoles, hijos de la lealtad y el honor, dechados de probidad y buena fe, sed vosotros jueces en esta causa! Juzgad, pronunciad si aquellos honrados ciudadanos que merecieron un día vuestra confianza, pudieron caer en tan vil y vergonzoso abatimiento. Y si todavía los hallais dignos de loor o de aprecio, haced que vuestro imparcial y respetable juicio desplome sobre sus infames calumniadores toda la ignominia con que quisieron manchar sus nombres y memoria.

CARTAS

CARTA A DON ANTONIO PONZ

El autor describe las romerías de Asturias y habla de la llamada Danza Prima.

Después de haber sesteado un rato por los lugares amenos y sombríos de aquel contorno, se empiezan a disponer las danzas, que sirven de ocupación al resto de la tarde. Estas danzas no son menos sencillas y agradables que los demás regocijos del día. Cada sexo forma las suyas separadamente, sin que haya ejemplar de que el desarreglo o la licencia los hayan confundido jamás. El filósofo ve brillar en todas partes la inocencia de las antiguas costumbres, y nunca esta virtud es más grata a sus ojos que cuando la ve unida a cierta especie de placeres, que la corrupción ha hecho en todas partes incompatible con ella.