En el testero del salón había un trono riquísimo, y en él estaba Apolo: siete de las musas le acompañaban inmediatas al solio, y los más célebres poetas españoles, según la edad en que florecieron, así ocupaban por su orden las sillas.
Si mucho se admiró el coplero de aquel aparato y magnificencia, no menos se admiraron todos los demás al ver su figura ridícula, porque era el hombre la más triste visión que imaginarse puede: reviejuelo, arrugadito, moreno, remellado, tuerto de un ojo, romo, calvo, algo tiñoso, chiquirritillo y contrahecho, si bien es verdad que le desfiguraban en parte las barbas, el sudor negro, el polvo, el cisco y las telarañas que le cubrían el rostro. Revolvíase en unas bayetas pardas, raídas y llenas de chorreaduras de aceite y caldo, con un ribete de arambeles por las orillas a modo de randas o cucharetero; sus movimientos eran más vivos de lo que su edad prometía, la acción teatral, y la voz gangosa, chillona y desapacible.
—«Este es, dijo Mercurio a su hermano, el que he podido agarrar entre aquella turba; él te dirá lo que deseas saber;»—y acercándose a él, le dijo al oído: «mirad, señor, que aquí no os sufrirán disparates; decid claramente quiénes son los del portal, y a qué es su buena venida, sin andarnos en más repulgos; porque si así no lo hiciéreis, témome mucho que mi hermano os mande freir y echar a los perros, según le he visto de mal humor esta tarde;» y habiendo dicho ésto, se fué volando a observar lo que pasaba en la escalera.
El poetastro, encarándose con Apolo, le hizo tres grandes cortesías, y quedó aguardando el permiso de hablar. Diósele Apolo, y él comenzó a delirar de esta manera:
«Reverberante Numen que del Istro
Al Marañón sublimas con tu zurda,
Al que en ritmo dulcísono te urda
Elogio al son del címbalo y del sistro:
Si la alígera prole de Caistro
Blandos ministra acentos a mi burda