Armónica pasión, ¡ay! no te aturda

Ver rompo de tu tímpano el teristro.

La nubígena Dea en alto plaustro,

Ungiendo el nervio de oloroso electro,

Me lleva en alas del Ouest y el Austro,

Y hurtando a las Memnósides el plectro,

Hoy me intromito en el fulgente claustro,

Obstupefacto, a venerar tu espectro.»

Reventaba Apolo entre la indignación y la risa; las musas se tendían por los suelos dando exorbitantes carcajadas; los poetas se miraban los unos a los otros sin saber lo que les sucedía, y el badulaque, muy satisfecho, se disponía a proseguir disparatando en culto; pero Francisco de Rioja, que estaba inmediato, le dijo: «Ved, señor enviado, que Apolo nuestro amo no os llama aquí para que le declaméis versos tenebrosos; lo que únicamente quiere es...».—«¡Ah! dijo el de las sopalandas, ya sé lo que quiere, no hay para qué decírmelo, que ya lo he comprendido, lo que quiere es otro soneto con los mismos consonantes; pues allá va, hijo de Latona, escuchadme benévolo...»

Pero volvamos la mal tajada péñola a referir lo que Mercurio hizo mientras duró la embajada. Parecióle conveniente no descuidarse ni fiar a la fortuna el éxito de aquella empresa; había llegado a entender, aunque confusamente, la pretensión estrafalaria de los filólogos; y conociendo que Apolo no podía concederles nada, pensó seriamente en hacer preparativos para la defensa, persuadido de que sólo a garrotazos se podría concluir tan enrevesado asunto.