Llamó a consejo a los poetas que imaginó más inteligentes y acostumbrados a tales peleonas; tratóse el caso con la madurez que requería, y se acordó, por último, que se hiciera provisión de armas ofensivas, acudiendo al repuesto de los malos libros, que estaban en las inmediaciones de la cocina destinados a socarrar pollos y envolver especias, y que además se recogiesen cuantos trastos semovientes hubiera en la casa y pudieran ser útiles para convertirlos en armas arrojadizas, o en parapetos y trincheras.
Tratóse después del orden que se debía guardar en los ataques, y resolvieron que para lograr alguna ventaja era necesario salir de la escalera, obligando a los eruditos a que, dejando el portalón, pasaran al patio, creyendo todos que allí se les podría combatir más a placer, ya fuese en batalla campal, o ya arrojando sobre ellos, desde las ventanas que había alrededor, cuanto pudiera ofenderlos y destruirlos.
Aprobado este plan, se dispuso que Garcilaso de la Vega, por estar herido Cervantes, mandase el ala derecha; la izquierda, don Diego de Mendoza; el centro, don Alonso de Ercilla, y el cuerpo de reserva, que debía acudir adonde la necesidad lo pidiese, se encargó al conde de Rebolledo, acompañado de Lope de Vega, Cristóbal de Virués y otros sujetos de acreditado valor y experiencia militar.
Después de ventilados estos puntos, se ocuparon en conducir hacia la escalera cuanto hallaron que podía ser útil para un caso de rompimiento; acudieron luego al repuesto de los malos libros, y llevaron infinitos volúmenes antiguos y modernos que hasta entonces no habían servido de gloria a sus autores, ni de utilidad alguna al género humano, y en aquel día se hicieron apreciables; porque no hay duda en que un mal libro, por malo que sea, siempre sirve, y más si es de buen tomo, para descalabrar con él a cualquiera cuando no hay a mano abundante provisión de cachiporras o peladillas de Torote.
Hecho, pues, todo lo que va referido, sucedió la bajada y volteo del culterano; y conociendo Mercurio que era ya inevitable volver a la zurra, fuese volando a decir a su hermano cuanto había dispuesto. Hallóle que bajaba ya la escalera con ánimo de presentarse a los enemigos, creyendo que a sus razones y autoridad ni debían ni podían oponerse. Dudó mucho Mercurio si aquella cuadrilla desvergonzada guardaría respeto y moderación, hallándose ya obstinada en conseguir por fuerza lo que pretendía; pero hubo de ceder, mal de su grado, a las instancias de Apolo, y dejándole en la escalera, se remontó al techo para anunciar su venida.
A este tiempo empezó a notarse un rumor y conmoción general en el bando contrario, mal satisfecho del suceso que había tenido la erudita oración de su embajador; pero, dando Mercurio un grande aullido desde allá arriba, les hizo callar y atender. Díjoles que Apolo iba a presentarse; que venerasen en él al grande hijo de Júpiter, y que, pues se llamaban alumnos suyos, no le diesen enojo en cosa alguna, y adorasen humildes sus soberanos preceptos.
Apolo entonces, levantado en hombros de los más robustos, se dejó ver de aquella amotinada gente. Comenzó con semblante pacífico y agradable a persuadirlos que, dejando las armas, se volviesen a sus casas a cuidar de sus mujeres e hijos, si los tenían. Que no creyesen que la nación perdería nada, perdiéndolos a ellos; pues no sólo la harían una gran merced en quemar todos sus papeles y no volver a escribir jamás ni aun la cuenta de la ropa, sino que, por otra parte, olvidando con un verdadero arrepentimiento las travesuras pasadas, podían dedicarse a varios ejercicios honestos, y adquirir por ellos una subsistencia segura como buenos ciudadanos y gente de juicio. Díjoles también que los hombres habían nacido para trabajar, y muy pocos entre ellos para saber; porque ciertamente aquellos pocos, siendo buenos, bastan para ilustrar a todos los demás con su sabiduría. Que esto de ser doctos no era cosa tan hacedera y trivial como se habían imaginado, pues cualquiera ciencia o facultad necesita todo un hombre, toda una vida, y tal reunión de circunstancias, que rara vez llega a verificarse; y aun por eso, siendo tantos los que siguen la carrera de las letras, son tan pocos los que han llegado a poseerlas en grado sobresaliente, y a merecer el aprecio público por sus escritos. Que dejasen el encargo de sostener el honor de la literatura nacional a otros talentos muy superiores, sin comparación, a los suyos. Que abandonasen para siempre la negra erudición enciclopédica que tanto les había trastornado la racionalidad, y tan ridículo papel les había hecho hacer en estos últimos años a los ojos de la Europa culta; y que sobre todo abjurasen de buena fe el error de haberse creído poetas. Que no envidiasen esta gloria a los que realmente lo son; gloria mezclada siempre de sinsabores los más amargos; gloria funesta, que casi nunca ha concedido el mundo a los que, viviendo, pudieran gozarla, porque la reserva el cruel para las cenizas de los que ya no existen.
Más iba a decirles; pero fueron tales los berridos que resonaron en el zaguán, los gritos y amenazas, que Apolo, temiendo algún insulto de parte de aquel populacho feroz, se bajó a toda prisa del trono racional en que estaba encaramado, y comenzó a echar tacos y reniegos por aquella boca, que Dios nos libre.
Seguía entretanto la gritería y tumulto de los enemigos, y el endiablado tuerto corría de un lado a otro atizando el fuego de la discordia, ponderando el mal tratamiento que Apolo le había hecho y el poco aprecio que le merecían las doctas fatigas de tantos sabios; ellos, que no necesitaban espuelas, se enfurecieron de tal modo que no es posible ponderar a qué extremo llegó entonces su frenesí.—«No es ese, decían, no es ese Apolo; a ese no le conocemos, y estos son ardides de Mercurio, que piensa burlarse de nosotros, tomándolo a fiesta y tararira; que venga el hijo de Latona, que venga, él nos conocerá y nosotros le adoraremos como hijos obedientes suyos.»
—«Medrados estamos, dijo Mercurio, con lo que nos salen ahora estos malditos. Si es imposible que no se hayan desatado del infierno para darnos guerra. ¿Se habrá visto tal invención? Pero yo les juro por la asquerosa Estigia que no se han de reir de mí; no, si no hacéos de miel y paparos han moscas; para ellos no sirven razones; lo que no les duele, no les persuade; pues que la paguen, mal haya su casta, que la paguen, y acabemos de una vez con ellos.»