Dicho esto, se metió entre los suyos, repitió las órdenes, previno los acasos, y sin que diera la señal de combatir el estruendo de trompetas ni atambores, se comenzó la batalla, poniendo en uso los de Apolo las nuevas armas de que se habían prevenido.

Llovían librotes sobre los literatos intrusos; unos viejos, sucios y despilfarrados; y otros nuevecitos y en pasta, y en papel de Holanda, y con láminas y elogios ultramontanos, y notas y animadversiones. Esta descarga desordenó las primeras filas enemigas, no sin pérdida de sus gentes; pues aseguran algunos sujetos fidedignos, apoyados en relaciones auténticas, que pasaron de veinte los que cayeron derrengados, cinco tuertos, descalabrados nueve, y trece o catorce contusionados o aturdidos.

Con esta pérdida se notó algún desfallecimiento en aquellas tropas, y nuevo espíritu en los de Apolo, que no dudaban ya combatir cuerpo a cuerpo para concluir de una vez aquella empresa; bien que los jefes procuraban contenerlos, conociendo cuán cerca está de ser temeridad el valor si la prudencia y el arte no le dirigen.

Pero a este tiempo ocurrió un accidente que puso a los de la escalera en grave peligro de perderse; porque acabada que fué la primera descarga, vieron venir de retorno por el aire el tenebroso Macabeo de Silveira, que arrojado de robusta mano parecía una bala de cañón, según el ímpetu que traía; hirió de paso, aunque levemente, a Luis Barahona de Soto; y, volviendo de rebote dió tal golpe en el pecho al tierno Garcilaso, que sin ser poderoso a resistirle, cayó aturdido sobre las gradas, y tuvieron que retirarle inmediatamente.

Lupercio de Argensola que se hallaba cerca, lleno de indignación y dolor por la desgracia de su dulce Laso, agarró seis o siete tomos que vió a sus pies, y con no vista fuerza los lanzó al enemigo. No bien llegaron allá los Comentos de Góngora, que ésta era la gracia de los tales volúmenes, cuando se conoció el horrible estrago que habían hecho en el cuerno izquierdo de los contrarios; lo que advertido por los de Apolo, se adelantaron algunos a querer seguir hacia aquella parte la derrota; pero así que se alejaron de los demás, se vieron rodeados de enemigos y cortado el paso a la escalera; dieron y recibieron golpes crueles, y con no poco trabajo pudieron volverse a incorporar en sus líneas, sufriendo mucho en la retirada, que tuvo todas las apariencias de fuga.

VIAJE A ITALIA

Fragmento de esta obra póstuma

Debajo de Pórtici y Resina está sepultada la ciudad de Herculano; los edificios más considerables de ella que hasta ahora se han descubierto, son un foro y un teatro; en el foro se hallaron las dos estatuas ecuestres de los Balbos, una de Vespasiano y otras de varias familias ilustres. El proscenio del teatro tiene ciento y treinta pies de ancho, y en las veinte y una gradas destinadas a los espectadores y los espacios restantes, se ha calculado que cabían diez mil personas. La cantidad de ceniza y lavas que cayeron sobre esta ciudad fué tal, que sus edificios se hallan a sesenta, ochenta y cien pies de profundidad. Esto hace muy difícil la excavación, pues además de la consistencia y grueso de las materias que hay que romper a pico, es necesario sostener con postes y estribos las excavaciones, para que todo no se hunda y arruine; y además, ¿cómo es posible taladrar un terreno sobre el cual existen en pie tantos edificios, sin que éstos se resientan? Mientras permanezcan Resina y Pórtici, no se pueden adelantar los descubrimientos de Herculano.

Siguiendo el camino, que va siempre inmediato al mar, se hallan después de Resina la torre del Greco y la de la Anunciata, poblaciones contiguas unas a otras con poca o ninguna interrupción, bien situadas y alegres, de mucha gente, llenas de casas de campo, con jardines, huertas y abundante cultura. Atraviesa el camino por encima de un gran torrente de lava que arrojó el Vesubio en 1760, mezclada con cenizas y enormes piedras; abrasó todo el terreno, destruyó los edificios que halló al paso, y bajó hasta el mar con estrago espantoso. A poca distancia se hallan las ruinas de Pompeya, ciudad antigua que hasta la mitad de este siglo permaneció tan oculta a la vista humana, que nadie se atrevía a fijar el paraje en que estuvo. La multitud de cenizas que cayeron sobre ella, detenidas de los huecos de sus calles y edificios, formaron una elevación de terreno, el cual, haciéndose con el tiempo vegetal y fértil, comenzó a labrarse, y hoy se ve encima de los templos, teatros y sepulcros de Pompeya, enlazarse las parras a los chopos, y segar el labrador mieses abundantes. Las excavaciones que se hacen en este sitio cuestan poco trabajo, así porque todo es ceniza lo que hay que romper, como porque es mucho menor la profundidad a que se encuentran las ruinas que en Herculano. Hasta ahora se han descubierto dos calles, una de ellas con la puerta de la ciudad, y varios sepulcros, un cuartel, un templo de Isis y dos teatros. No es posible caminar por aquel paraje sin una especie de entusiasmo que todos aquellos objetos inspiran. Este era el teatro: aquí se acomodaba el pueblo, allí la nobleza, por allí salían los actores, aquí se oyeron los versos de Terencio y Plauto, este recinto sonó con aplausos públicos; los hombres desaparecieron, y el lugar existe. Este era el templo: allí está la inscripción, allí las aras; las paredes anuncian todavía, en pinturas y estucos, los atributos de la deidad. Aquí se degollaban las víctimas; aquí, escondidos los sacerdotes, prestaban su voz a un mudo simulacro, y el pueblo, lleno de terror, creía escuchar la divinidad misma anunciando a la ignorancia humana los futuros destinos. Esta es una calle: empedrada está, como las de Nápoles, con lavas que ha vomitado ese volcán vecino; a un lado y otro hay ánditos para que pase el pueblo seguro de los carros: aun se ven las señales de las ruedas. Veis aquí las tiendas: allí se vendieron licores; la insignia que está a las puertas, la señal que ha dejado el pie de las copas sobre el mostrador, y las hornillas inmediatas para tener caliente la bebida, lo manifiestan. Allí hay otra donde se vendían príapos: la insignia está esculpida sobre la puerta; allí está el aparador repartido en gradas, donde se exponían estos dijes a la vista pública. Estas son casas de gente rica; este es el pórtico, sostenido en columnas de ladrillo revestidas de estuco, con decoración dórica; allí está el patio con la galería que le rodea: estancias pequeñas, altas, con mosaicos en el suelo y pinturas en las paredes; el baño, la estufa, con pared hueca, por donde se comunicaba el calor; el jardín, la fuente, la bodega, con grandes cántaros; la sala de conversación, la de comer, la alcoba, el poyo donde estaba el lecho; pinturas voluptuosas por todas partes, triunfos de amor. Veis allí los sepulcros que erigió la patria agradecida a sus hijos ilustres; la inscripción anuncia sus nombres y su calidad; allí reposan sus cenizas. ¡Qué silencio reina en todo el contorno! ¡Qué soledad horrible! Y ¡todavía el Vesubio arroja llamas y retumban sus cavernas con rumor espantoso!

Este monte, distante dos leguas y media de Nápoles, hacia la parte oriental, tiene de altura unas seiscientas toesas; su figura es cónica, con base muy ancha, la parte superior se compone de lavas, piedras, cenizas, arenas y escorias, sin yerbas, ni plantas, ni árboles, ni animales, ni hombres; aspereza horrible, cavernas profundas, soledad, silencio en la parte inferior, donde es el terreno fertilísimo; hay mucha cultura de árboles y viñas, que producen excelentes vinos, y en lo más llano, cerca ya del mar, se ven las alegres poblaciones de Pórtici, Resina, Torre del Greco, Torre de la Anunciata, y otras muchas que le rodean. Si se considera la inmediación de este volcán y el riesgo inminente de que un día reviente incendios, trastorne toda su circunferencia, y sepulte en fuego y cenizas aquellas moradas deliciosas, centro del lujo y de los placeres, se conocerá ¡cuán fácilmente se olvidan los hombres del peligro, por más que vean presente la amenaza! Pórtici está edificada encima de Herculano opulenta; Pompeya se descubre ahora, después de haber permanecido largos años oculta bajo las cenizas que en ella cayeron; en los jardines del rey y en otras varias partes en que se han hecho excavaciones profundas, se hallan hasta treinta capas distintas de lava, y éstas seis o siete veces interrumpida con tierra vegetal y restos confusos de edificios, que es decir: treinta veces aquel terreno, que ahora habitan los hombres con tal seguridad, ha estado cubierto de torrentes de fuego con el trascurso de los siglos; seis o siete veces se han olvidado los hombres del estrago anterior, han cultivado y han habitado aquel territorio; otras tantas se han repetido aquellos horrores, y, no obstante, hoy viven sobre tantas ruinas, sin temer que la naturaleza, en un solo momento, renueve igual destrozo. La montaña de Soma, que por el lado de Oriente y Mediodía rodea al Vesubio, parece ser una parte de él; ambos están sobre una misma base, y parece haberlos desunido algún hundimiento, de que resultó una abertura lateral, aumentándose después la cima del volcán con las materias mismas que arroja. Las montañas de Soma, por la parte interior, que mira al Vesubio, toda está rota y quebrantada, y la opinión de haber sido en otros tiempos estos dos montes uno solo se fortifica, no solamente por la forma de entrambos, sino también por la identidad de las materias de que se componen. Este volcán tiene, además de la boca principal, varias aberturas, que rompen u obstruyen sucesivamente la dimensión de la crátera; se ha encontrado diferente en varias ocasiones también la distancia que hay desde sus bordes hasta donde se halla el fuego; toda la parte interior de su gran boca, compuesta de ásperas masas de piedras, lavas, cenizas, pómez y escorias metálicas y bituminosas, presenta a la vista varios colores, siendo los principales el blanco, verde, amarillo, ceniciento y morado. Casi siempre arroja humo con más o menos abundancia; de noche se ven salir por su boca llamaradas y materias líquidas que se revierten en varias direcciones, y a corta distancia se congelan. Si se examinan las señales que ha dejado este volcán en sus erupciones, se pierde la imaginación en el cálculo de su antigüedad; la memoria de los hombres, limitada y oscura, abraza apenas un corto espacio de su edad larga, anterior a todos los monumentos que conocemos y a las naciones de que tenemos algunas noticias. La primera erupción de que hablan los escritores es la del año de 79 de Jesucristo, en que perecieron Herculano y Pompeya. Plinio el naturalista, que se hallaba en Miseno, atravesó el mar con deseos de observar sus efectos, y murió a las faldas de este monte, sofocado por el humo. Desde entonces hasta la edad presente se cuentan treinta y tres o treinta y cuatro erupciones, más o menos terribles, que han hecho de aquel país un montón confuso de ruinas, convirtiéndole muchas veces en un desierto. No pueden leerse sin admiración y horror los efectos de estas erupciones. Suena un rumor confuso en las cavernas de la gran montaña, sale humo espeso por su boca, le agita el aire y esparce oscuridad y fetor por los campos vecinos; se aumenta el estruendo, revienta el monte, y entre una espesa lluvia de ceniza ardiente, que cubre la atmósfera y sepulta en tinieblas a la populosa Nápoles, con estampidos y relámpagos sale una columna altísima de fuego, arrojando al aire enormes piedras candentes, que se precipitan a los valles; brama impetuoso el viento, se altera el mar, tiembla la tierra, inflámase por todas partes el monte y derrama torrentes de agua entre las lavas que desde su altura bajan ardiendo al mar, abrasando y reduciendo a cenizas los árboles, las mieses, los edificios, las ciudades, que al pasar aniquila o sepulta; irritados los elementos, anuncian el trastorno final del mundo, y en sólo un momento desaparecen naciones enteras.