Pasaba la población de 55.000 almas; menguó con las muertes y destrozos. No era Zaragoza ciudad fortificada, diciendo Colmenar[628], a manera de profecía, cosa ha de un siglo, «que estaba sin defensa, pero que reparaba esta falta el valor de sus habitantes».

Cercábala solamente una pared de diez a doce pies de alto y tres de espesor, en parte de tapia y en otras de mampostería, interpolada a veces y formada por algunos edificios y conventos, y en la que se cuentan ocho puertas que dan salida al campo. No lejos de una de ellas, que es la del Portillo, y extramuros, se distingue la Aljafería, antigua morada de los reyes de Aragón, rodeada de un foso y muralla, cuyos cuatro ángulos guarnecen otros tantos bastiones. Las calles en general son angostas, excepto la del Coso, muy espaciosa y larga, casi en el centro de la ciudad, y que se extiende desde la puerta llamada del Sol hasta la plaza del Mercado. Las casas, de ladrillo, y por la mayor parte de dos o tres pisos; la adornan edificios y conventos bien construídos y de piedra de sillería. La piedad admira dos suntuosas catedrales: la de Nuestra Señora del Pilar y la de la Seo, en las que alterna por años, para su asistencia, el Cabildo. El último templo, antiquísimo; el primero, muy venerado de los naturales por la imagen que en su santuario se adora. Como no es de nuestra incumbencia hacer una descripción especial de Zaragoza, no nos detendremos ni en sus antigüedades ni grandeza, reservando para después hablar de aquellos lugares que, a causa de la resistencia que en ellos se opuso, adquirieron desconocido renombre, porque allí las casas y edificios fueron otras tantas fortalezas.

Si ningunas eran en Zaragoza las obras de fortificación, tampoco abundaban otros medios de defensa. Vimos cuán escasos andaban al levantarse en mayo. El corto tiempo transcurrido no había dejado aumentarlos notablemente, y antes bien se habían aminorado con los descalabros padecidos en Tudela y Mallen. En semejante estado, déjase discurrir la consternación de Zaragoza al esparcirse la nueva, en la noche del 14 de junio, de haber sido aquel día derrotado don José de Palafox en las cercanías de Alagón, según dijimos en el anterior libro. Desapercibidos sus habitantes, tan solamente hallaron consuelo con la presencia de su amado caudillo, que no tardó en regresar a la ciudad. Mas el enemigo no dió descanso ni vagar. Siguieron de cerca a Palafox, y tras él vinieron proposiciones del general Lefebvre Desnouettes, a fin de que se rindiese, con un pliego enderezado al propio objeto, y firmado por los emisarios españoles Castel-Franco, Villela y Pereira, que acompañaban al ejército francés, y de quienes ya hicimos mención.

Fué la repuesta del general Palafox ir al encuentro de los invasores, y con las pocas tropas que le quedaban, algunos paisanos y piezas de campaña, se colocó fuera, no lejos de la ciudad, al amanecer del 15. Estaba a su lado el marqués de Lazán y muchos oficiales, mandando la artillería el capitán don Ignacio López. Pronto asomaron los franceses y trataron de acometer a los nuestros con su acostumbrado denuedo. Pero Palafox, viendo cuán superior era el número de los contrarios, determinó retirarse, y ordenadamente pasó a Longares, pueblo seis leguas distante, desde donde continuó al puerto del Frasno, cercano a Calatayud, queriendo engrosar su división con la que reunía y organizaba en dicha ciudad el Barón de Versages.

Semejante movimiento, si bien acertado en tanto que no se consideraba a Zaragoza con medios para defenderse, dejaba a esta ciudad del todo desamparada y a merced del enemigo. Así se lo imaginó fundadamente el general francés Lefebvre Desnouettes, y con sus 5 a 6.000 infantes y 800 caballos, a las nueve de la mañana del mismo 15, presentóse con ufanía delante de las puertas. Habían crecido dentro las angustias; no eran arriba de 200 los militares que quedaban entre miñones y otros soldados; los cañones, pocos y mal colocados, como gente a quien no guiaban oficiales de artillería, pues de los dos únicos con quien se contaba en un principio, don Juan Cónsul y don Ignacio López, el último acompañaba a Palafox, y el primero, por orden suya, hallábase de comisión en Huesca. El paisanaje andaba sin concierto, y por todas partes reinaba la indisciplina y confusión. Parecía, por tanto, que ningún obstáculo detendría a los enemigos, cuando el tiroteo de algunos paisanos y soldados desbandados los obligó a hacer parada y proceder precavidamente. De tan casual e impensado acontecimiento nació la memorable defensa de Zaragoza.

La perplejidad y tardanza del general francés alentó a los que habían empezado a hacer fuego, y dió a otros alas para ayudarlos y favorecerlos. Pero como aun no había baterías ni resguardo importante, consiguieron algunos jinetes enemigos penetrar hasta dentro de las calles. Acometidos por algunos voluntarios y miñones de Aragón, al mando del coronel don Antonio de Torres, y acosados por todas partes por hombres, mujeres y niños, fueron los más de ellos despedazados cerca de Nuestra Señora del Portillo, templo pegado a la puerta del mismo nombre.

Enfurecidos los habitantes, y con mayor confianza en sus fuerzas después de la adquirida, si bien fácil, ventaja, acudieron sin distinción de clase ni de sexo adonde amagaba el peligro, y llevando a brazo los cañones antes situados en el Mercado, plaza del Pilar y otros parajes desacomodados, los trasladaron a las avenidas por donde el enemigo intentaba penetrar, y de repente hicieron contra sus huestes horrorosas descargas. Creyó entonces necesario el general francés emprender un ataque formal contra las puertas del Carmen y del Portillo. Puso su mayor conato en apoderarse de la última, sin advertir que situada a la derecha de la Aljafería, eran flanqueadas sus tropas por los fuegos de aquel castillo, cuyas fortificaciones, aunque endebles, le resguardaban de un rebate. Así sucedió que los que le guarnecían, capitaneados por un oficial retirado, de nombre don Mariano Cerezo, militar tan bravo como patriota, escarmentaron la audacia de los que confiadamente se acercaban a sus muros. Dejáronlos aproximarse, y a quemarropa, los ametrallaron. En sumo grado contribuyó a que fuera más certera la artillería en sus tiros, un oficial, sobrino del general Guillelmi, quien encerrado allí con su tío desde el principio de la insurrección, olvidándose del agravio recibido, sólo pensó en no dar quiebra a su honra, y cumplió debidamente con lo que la patria exigía a su persona.

Igualmente fueron los franceses repelidos en la puerta del Carmen, sosteniendo por los lados el tremendo fuego que de frente se les hacía, escopeteros esparcidos entre las tapias, alameda y olivares, cuya buena puntería causó en las filas enemigas notable matanza. Nadie rehusaba ir a la lid; las mujeres corrían a porfía a estimular a sus esposos y a sus hijos, y atropellando por medio del inminente riesgo, los socorrían con víveres y municiones. Los franceses, aturdidos al ver tanto furor y ardimiento, titubeaban, y crecía con su vacilar el entusiasmo y valentía de los defensores. De nuevo, no obstante, y reiteradas veces embistieron la entrada del Portillo, desviándose de la Aljafería, y procurando cubrirse detrás de los olivares y arboledas.

Menester fué, para poner término a la sangrienta y reñida pelea, que sobreviniese la noche. Bajo su amparo se retiraron los franceses a media legua de la ciudad, y recogieron sus heridos, dejando el suelo sembrado de más de quinientos cadáveres. La pérdida de los españoles fué mucho más reducida, abrigados de tapias y edificios. Y de aquella señalada victoria, que algunos llamaron de las Eras, resultó el glorioso empeño de los zaragozanos de no entrar en pacto alguno con el enemigo, y resistir hasta el último aliento.

Fuera de sí aquellos vecinos con la victoria alcanzada, ignoraban todavía el paradero del general Palafox. Grande fué su tristeza al saber su ausencia, y no teniendo fe en las autoridades antiguas ni en los demás jefes, los diputados y alcaldes de barrio, a nombre del vecindario, se presentaron, luego que cesó el combate, al corregidor e intendente don Lorenzo Calvo de Rozas, que hechura de Palafox, merecía su confianza. Instáronle para que hiciera sus veces, y condescendió con sus ruegos en tanto que aquél no volviera.