Unía Calvo en su persona las calidades que el caso requería. Declarado abiertamente en favor de la causa pública, habíase fugado de Madrid, en donde estaba avecindado. Hombre de carácter firme y sereno, encerraba en su pecho, con apariencias de tibio, el entusiasmo y presteza de un alma impetuosa y ardiente. Autorizado, como ahora se veía, por la voz popular, y punzado por el peligro que a todos amenazaba, empleó con diligencia cuantos medios le sugería el deseo de proteger contra la invasión extraña la ciudad que se ponía en sus manos.

Prontamente llamó al teniente de rey don Vicente Bustamante para que expidiese y firmase a los de su jurisdicción las convenientes órdenes. Mandó iluminar las calles, con objeto de evitar cualquiera sorpresa o excesos; empezáronse a preparar sacos de tierra para formar baterías en las puertas de Sancho, el Portillo, Carmen y Santa Engracia; abriéronse zanjas o cortaduras en sus avenidas; dispusiéronse a artillarlas, y se levantó en toda la tapia que circuía a la ciudad una banqueta, para desde allí molestar al enemigo con la fusilería. Prevínose a los vecinos en estado de llevar armas que se apostasen en los diversos puntos, debiendo alternar noche y día; ocupáronse los niños y mujeres en tareas propias de su edad y sexo, y se encargó a los religiosos hacer cartuchos de cañón y fusil, cumpliéndose con tan buen deseo y ahinco aquellas disposiciones, que a las diez de la noche se había ya convertido Zaragoza en un taller universal, en el que todos se afanaban por desempeñar debidamente lo que a cada uno se había encomendado.

Con más lentitud se procedió en la construcción de las baterías, por falta de ingeniero que dirigiese la obra. Sólo había uno, que era don Antonio San Genis, y éste había sido el 15 llevado a la cárcel por los paisanos, que le conceptuaban sospechoso, habiendo notado que reconocía las puertas y la ronda de la ciudad. Ignoróse su suerte en medio de la confusión, pelea y agitación de aquel día y noche, y sólo se le puso en libertad, por orden de Calvo de Rozas, en la mañana del 16. Sin tardanza trazó San Genis atinadamente varias obras de fortificación, esmerándose en el buen desempeño, y ayudado, en lugar de otros ingenieros, por los hermanos Tabuenca, arquitectos de la ciudad. Pintan estos pormenores, y por eso no son de más, la situación de los zaragozanos, y lo apurados y escasos que estaban de recursos y de hombres inteligentes en los ramos entonces más necesarios.

Los franceses, atónitos con lo ocurrido el 15, juzgaron imprudente empeñarse en nuevos ataques antes de recibir de Pamplona mayores fuerzas, con artillería de sitio, morteros y municiones correspondientes. Mientras que llegaba el socorro, queriendo Lefebvre probar la vía de la negociación, intimó el 17 que a no venir a partido pasaría a cuchillo a los habitantes cuando entrase en la ciudad. Contestósele dignamente, y se prosiguió con mayor empeño en prepararse a la defensa.

El general Palafox, en tanto, vista la decisión que habían tomado los zaragozanos de resistir a todo trance al enemigo, trató de hostigarle y llamar a otra parte su atención. Unido al barón de Versages, contaba con una división de 6.000 hombres y cuatro piezas de artillería. El 21 de junio pasó en Almunia reseña de su tropa, y el 23 marchó sobre Epila. En aquella villa hubo jefes que notando el poco concierto de su tropa, por lo común allegadiza, opinaron ser conveniente retirarse a Valencia y no empeorar con una derrota la suerte de Zaragoza. Palafox, asistido de admirable presencia de ánimo, congregó su gente, y delante de las filas, exhortando a todos a cumplir con el duro, pero honroso deber que la Patria les imponía, añadió que eran dueños de alejarse libremente aquellos a quienes no animase la conveniente fortaleza para seguir por el estrecho y penoso sendero de la virtud y de la gloria, o que tachasen de temeraria su empresa. Respondióse a su voz con universales clamores de aprobación, y ninguno osó desamparar sus banderas. De tamaña importancia es en los casos arduos la entera y determinada voluntad de un caudillo.

Seguro de sus soldados, hizo propósito Palafox de avanzar la mañana siguiente a la Muela, tres leguas de Zaragoza, queriendo coger a los franceses entre su fuerza y aquella ciudad. Pero barruntando éstos su movimiento, se le anticiparon y acometieron a su ejército en Epila a las nueve de la noche, hora desusada, y en la que dieron de sobresalto e impensadamente sobre los nuestros por haber sorprendido y hecho prisionera una avanzada, y también por el descuido con que todavía andaban nuestras inexpertas tropas. Trabóse la refriega, que fué empeñada y reñida. Como los españoles se vieron sobrecogidos, no hubo orden premeditado de batalla, y los cuerpos se colocaron según pudo cada uno en medio de la obscuridad. La artillería, dirigida por el muy inteligente oficial don Ignacio López, se señaló en aquella jornada, y algunos regimientos se mantuvieron firmes hasta por la mañana, que sin precipitación tomaron la vuelta de Calatayud. En su número se contaba el de Fernando VII, que aunque nuevo, sostuvo el fuego por espacio de seis horas, como si se compusiera de soldados veteranos. También hombres sueltos de guardias españolas defendieron largo rato una batería de las más importantes. Disputaron, pues, unos y otros el terreno a punto de que los franceses no los incomodaron en la retirada.

Palafox, convencido no obstante de que no era dado con tropas bisoñas combatir ventajosamente en campo raso, y de que sería más útil su ayuda dentro de Zaragoza, determinó, superando obstáculos, meterse con los suyos en aquella ciudad, por lo que, después de haberse rehecho, y dejando en Calatayud un depósito al mando del barón de Versages, dividió su corta tropa en dos pequeños trozos; encargó el uno a su hermano don Francisco, y acaudillando en persona el otro, volvió el 2 de julio a pisar el suelo zaragozano.

Ya había allí acudido días antes su otro hermano el marqués de Lazán, que era el gobernador, con varios oficiales, a instancias y por aviso del intendente Calvo de Rozas. Deseaba éste un arrimo para robustecer aun más sus acertadas providencias, acordar otras, comprometer en la defensa a las personas de distinción que no lo estuviesen todavía, imponer respeto a la muchedumbre, congregando una reunión escogida y numerosa, y afirmarla en su resolución por medio de un público y solemne juramento. Para ello convocó el 25 de junio una Junta general de las principales corporaciones e individuos de todas clases, presidida por el marqués de Lazán. En su seno expuso brevemente Calvo de Rozas el estado en que la ciudad se hallaba, y cuáles eran sus recursos, y excitó a los concurrentes a coadyuvar con sus luces y patriótico celo al sostenimiento de la causa común. Conformes todos, aprobaron lo antes obrado, se confirmaron en su propósito de vencer o morir, y resolvieron que el 26 los vecinos, soldados, oficiales y paisanos armados, prestarían en calles y plazas, en baterías y puertas, un público y majestuoso juramento.

Amaneció aquel día, y a una hora señalada de la tarde se pobló el aire de un grito asombroso y unánime «de que los defensores de Zaragoza, juntos y separados, derramarían hasta la última gota de su sangre por su religión, su rey y sus hogares».

NOTA