Calisto.—Iré como aquel contra quien solamente la adversa fortuna pone su estudio[130] con odio cruel.

Calisto.—¡Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este maldito?

Sempronio.—Aquí estoy, señor, curando destos cavallos.

Calisto.—¿Pues cómo sales de la sala?

Sempronio.—Abatióse el girifalte y vínele endereçar[131] en el alcándara.

Calisto.—¡Assí los diablos te ganen, assí por infortunio arrebatado perezcas, o perpetuo intollerable[132] tormento consigas, el qual en grado incomparable a la penosa y desastrada muerte que espero traspassa! ¡Anda, anda, malvado, abre la cámara y endereça la cama!

Sempronio.—Señor, luego hecho es.

Calisto.—Cierra la ventana y dexa la teniebla acompañar al triste, y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos de luz. ¡O bienaventurada muerte aquella que deseada a los afligidos viene! ¡O si viniéssedes agora Erasistrato, médico[133], sentiríades mi mal! ¡O piedad de Sileuco, inspira en el Plebérico coraçón,[134] porque sin esperança de salud no embíe el espíritu perdido con el desastrado Píramo y de la desdichada Tisbe!

Sempronio.—¿Qué cosa es?

Calisto.—¡Vete de aí, no me fables, sino quiçá, ante del tiempo de mi rabiosa muerte, mis manos causarán tu arrebatado fin!