Lucrecia.—Señora, perfuma tocas, haze solimán y otros treynta oficios; conoce mucho en yiervas, cura niños, y aun algunos la llaman vieja lapidaria.

Alisa.—Todo esso dicho no me la da a conocer. Díme su nombre, si le sabes.

Lucrecia.—¿Si le sé, señora? No ay niño ni viejo en toda la cibdad que no le sepa ¿havíale yo de ignorar?

Alisa.—¿Pues por qué no le dizes?

Lucrecia.—He vergüença.

Alisa.—Anda, bova, díle, no me indignes con tu tardança.

Lucrecia.—Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.

Alisa.—¡Hí, hí, hí! ¡Mala landre te mate si de risa puedo estar, viendo el desamor que deves de tener a essa vieja, que su nombre has vergüença nombrar! ¡Ya me voy recordando della! ¡Una buena pieça! No me digas más; algo me verná a pedir; dí que suba.

Lucrecia.—Sube, tia.[147]

Celestina.—Señora buena, la gracia de Dios sea contigo y con la noble hija. Mis passiones y enfermedades han impedido mi visitar tu casa, como era razón; mas Dios conoce mis limpias entrañas, mi verdadero amor, que la distancia de las moradas no despega el querer de los coraçones; assí que lo que mucho desseé, la necessidad me lo ha hecho complir. Con mis fortunas adversas otras, me sobrevino mengua de dinero; no supe mejor remedio que vender un poco de hilado, que para unas toquillas tenía allegado; supe de tu criada que tenías dello necessidad; aunque pobre, y no de la merced de Dios, veslo aquí, si dello y de mí te quieres servir.