Lucrecia.—Celestina, madre, seas bienvenida. ¿Qual dios te traxo por estos barrios no acostumbrados?

Celestina.—Hija, mi amor; desseo de todos vosotros; traerte encomiendas de Elicia, y aun ver a tus señoras vieja y moça, que después que me mudé al otro barrio, no han sido de mi visitadas.

Lucrecia.—¿A esso solo saliste de tu casa? Maravíllome de tí que no es essa tu costumbre, ni sueles dar passo sin provecho.

Celestina.—¿Más provecho quieres, bova, que cumplir hombre sus desseos? Y tambien como a las viejas nunca nos fallecen necesidades... ando a vender un poco de hilado.

Lucrecia.—¡Algo es lo que yo digo! en mi seso estoy, que nunca metes aguja sin sacar reja.[144] Pero mi señora, la vieja, urdió una tela, tiene necessidad dello; tú de venderlo; entra y espera aquí, que no os desavenirés.

Alisa.—¿Con quien hablas, Lucrecia?

Lucrecia.—Señora, con aquella vieja de la cuchillada, que solía vivir aquí en las tenerías, a la cuesta del río.

Alisa.—Agora la conozco menos; si tú me das a entender lo incógnito por lo menos conocido, es coger agua en cesto.[145]

Lucrecia.—¡Jesú, señora! Más conosçida es esta vieja que la ruda.[146] No sé como no tienes memoria de la que empicotaron por hechizera...

Alisa.—¿Qué oficio tiene? Quiçá por aquí la conoceré mejor.