Sempronio.—No digo nada.
Calisto.—Dí lo que dizes, no temas.
Sempronio.—Digo, que ¿cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un vivo que el que quemó tal çibdad y tanta multitud de gente?
Calisto.—¡Cómo? Yo te lo diré: mayor es la llama que dura ochenta años que la que en un día passa, y mayor la que mata una ánima, que la que quema cient mill cuerpos. Como de la apariencia a la existencia, como de lo vivo a lo pintado[142], como de la sombra a lo real, tanta diferencia ay del fuego que dizes al que me quema. Por cierto, si el del purgatorio es tal, más querría que mi spíritu fuesse con los de los brutos animales, que por medio de aquél ir a la gloria de los sanctos.
Sempronio.—¡Algo es lo que digo![143] ¡A más ha de ir este hecho. No basta loco, sino ereje.
Calisto.—¿No te digo que fables alto quando fablares? ¿Qué dizes?
Sempronio.—Digo, que nunca Dios quiera tal, que es especie de heregía lo que agora dixiste.
Quarto auto.—Celestina andando por el camino habla consigo misma, fasta llegar a la puerta de Pleberio, onde halló a Lucrecia, criada de Pleberio. Pónese con ella en razones; sentidas por Alisa, madre de Melibea, y sabido que es Celestina, fázela entrar en casa. Viene un mensajero a llamar a Alisa; váse.
Lucrecia.—¿Quien es esta vieja que viene haldeando?
Celestina.—Paz sea en esta casa.