[157] Filosomía ‘fisonomía’.
[158] Tomado de Petrarca, como otros varios pasajes de este trozo.
EL LAZARILLO DE TORMES
Autor anónimo anterior a 1554
Las primeras ediciones conocidas de esta novela son tres, impresas en Burgos, Alcalá y Amberes, en el mismo año 1554; las tres suponen otra anterior de la cual ellas derivan.
La prosa castellana había tenido en la Edad Media un cultivo temprano y aventajado; nos admira ya en el siglo XIII con Alfonso el Sabio, en el XIV con don Don Juan Manuel, y produce, en tiempos de los Reyes Católicos, obras tan notables como la Celestina. Bajo el reinado de Carlos V tomó mayor vuelo; aplicáronla a la exposición doctrinal Fr. Antonio de Guevara, Hernán Pérez de Oliva, Juan de Valdés, etc., y apareció como maestra consumada en la novela. En este terreno no es ciertamente su mérito mayor haber servido a narraciones idealistas de aventuras en los Libros de Caballerías, pues este género decaía ya de su viejo esplendor, que en el siglo XIV había producido el Amadís de Gaula; un nuevo lenguaje de la narración se desarrollaba ahora, a mediados del siglo XVI, complaciéndose en la pintura satírica de tipos y costumbres sociales, tomados de la realidad, con todo el vigor y crudeza con que en ella se ofrecen, y este es sin duda el aspecto más importante que ofrece la prosa en tiempo del Emperador. Con estas narraciones realistas que forman la llamada novela picaresca (por abundar en tipos de pícaros, truhanes, vagos, espadachines y ladrones), España dió a la literatura universal el primer modelo de la novela moderna de costumbres.
El Lazarillo, aparecido en los últimos tiempos del emperador Carlos V, es la más antigua de estas novelas picarescas, la más popular en España[159] y la más conocida en Europa, y nos ofrece como una novedad (a pesar de la Celestina) el cultivo de la lengua popular y corriente, en que no escasean las incongruencias gramaticales que consigo arrastra la viveza de la conversación; por eso en el prólogo, el pobre Lázaro, antes de empezar a referir su historia, disculpa el grosero estilo en que por fuerza ha de contarla.
En este estilo llano, propio para la pintura de escenas de la vida ordinaria, parecido al que cincuenta años más tarde empleará Cervantes, es el Lazarillo admirable modelo. Su lenguaje se distingue especialmente por una sobriedad magistral; cada palabra va derecha a lograr un marcado efecto pictórico y satírico.
Esta excelencia, sin embargo, no nos ha de impedir el notar cierta falta de habilidad en la construcción de una frase un poco larga, y alguna dificultad en las transiciones, embarazadas con adverbios y conjunciones inútiles o pesados: en este tiempo, con el sentido de ‘luego’ o ‘entonces’, finalmente, de manera que, etc.; pero éste no es defecto suyo propio, pues algo análogo hallamos en casi todos los escritores de este siglo, como Mendoza, Granada y León; cada vez menos, conforme la lengua va ganando en experiencia. Advirtamos también que es enteramente inexacta la apreciación que en 1620 emitió un implacable corrector y discreto continuador del Lazarillo, Juan de Luna, diciendo que la frase de esta antigua obra era «más francesa que española». Quizá le chocaba el uso abundante del pronombre personal acompañando a las formas verbales, donde, por no haber necesidad de insistir en la persona, se omite hoy: yo por bien tengo, yo oro ni plata no te lo puedo dar, yo hice, yo dormí ([pág. 94]), y otros casos así, que Luna corrigió en su edición, y que se hallan también, por ejemplo, en Mendoza; o frases como no curé de lo saber (je n’ai cure de le savoir), o voces tales como coraje o luengo[160], que son del más castizo castellano, por más que no le parecieran corrientes a Luna; como éste era maestro de español en Francia, se le antojaban tomadas del francés cuantas expresiones oía en su idioma patrio que a él no le eran familiares y se asemejaban a otras francesas.