Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entro, vínose para mí; pensé que me quería reñir la tardanza, mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme do[209] venía; yo le dije: «Señor, hasta que dió[210] las dos estuve aquí, y de que vi que vuestra merced no venía, fuíme por esa ciudad a encomendarme a las buenas gentes, y hanme dado esto que veis»; mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía, a lo cual él mostró buen semblante, y dijo: «Pues esperádote he a comer, y de que vi que no veniste, comí. Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no hurtallo; y ansí él me ayude como ello[211] me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra, aunque bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy conocido: ¡nunca a él yo hubiera de venir!»—«De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo, que maldito aquel que ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla.»—«Agora, pues, come, pecador, que si a Dios place presto nos veremos sin necesidad; aunque te digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido: debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que a los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser, sin dubda, de ellas[212]; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella, aunque me la den por mía.»

Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por glotón, callé la merienda, y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía sus ojos de mis faldas, que aquella[213] sazón servían de plato. Tanta lástima haya Dios de mí como yo había del, porque sentí lo que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber dicho que había comido, temíame no aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel[214] pecador ayudase a su trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo[215], por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé a comer, y él se andaba paseando, llegóse a mí, y díjome: «Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo verá hacer que no le pongas gana, aunque no la tenga.»—La muy buena que tú tienes, dije yo entre mí, te hace parecer la mía hermosa. Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba[216], y me abría camino para ello, y díjele: «Señor, el buen aparejo hace buen artífice; este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.»—«¿Uña de vaca es?»—«Sí, señor.»—«Dígote que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisán que ansí me sepa.»—«Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.» Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco, y asentóseme al lado y comienza a comer, como aquel que lo había gana[217], royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera. «Con almodrote,[218] decía, es este singular manjar.»—Con mejor salsa lo comes tú[219], respondí yo paso.—«Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado.»—Ansí me vengan los buenos años como es ello, dije yo entre mí. Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído; es señal que pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada. Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado[220] a papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo.[221] Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que había tenido, y buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener. Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad, y muchas veces por llevar a la posada con que él lo pasase[222], yo lo pasaba mal... Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir... Sólo tenía dél un poco de descontento: que quisiera yo que no tuviera tanta presunción, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad; mas, según me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, aunque no haya cornado de trueco[223], ha de andar el birrete en su lugar[224]. El Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.

Pues estando yo en tal estado, pasando[225] la vida que digo, quiso mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fué: como el año en este tierra fuese estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón, que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley desde a cuatro días que el pregón se dió, vi llevar una procesión de pobres azotando por las Cuatro Calles[226], lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé desmandarme a demandar. Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio de los moradores della, tanto que nos acaesció estar dos o tres días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento, que de la lacería[227] que les traían me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba[228], y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió, a lo menos en casa bien los[229] estuvimos sin comer; no sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle venir a medio día la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo: «¡Malo está de ver! Que la desdicha desta vivienda lo hace; como ves, es lóbrega, triste, obscura; mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo que se acabe este mes por salir della.»

Pues estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no sé por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió, diciendo: «tomá, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano; ve a la plaza y merca pan y vino y carne; quebremos el ojo al diablo[230]; y más te hago saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes, ¡maldita sea ella, y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas tal vista tiene y tal obscuridad y tristeza. Ve, y ven presto y comamos hoy como condes.» Tomo mi real y jarro, y a los pies dándoles priesa, comienzo a subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha si está constituído en mi triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y ansí fué éste; porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le[231] emplearía, que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios, que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían; arriméme a la pared por darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho una que debía ser su[232] mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres, la cual iba llorando a grandes voces, y diciendo: «¡marido y señor mío! ¿adónde os me[233] llevan? ¡a la casa triste y desdichada! ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa donde nunca comen ni beben!»[234] Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: «¡Oh desdichado de mí! para mi casa llevan este muerto»; dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa, y entrando en ella cierro a[235] grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome dél, que me venga ayudar y a defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: «¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has? ¿por qué cierras la puerta con tal furia?»—«Oh señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto.»—«¿Cómo así?» respondió él.—«Aquí arriba le encontré, y venía diciendo su mujer: marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa triste y desdichada! ¡a la casa donde nunca comen ni beben! acá, señor, nos le traen.» Y ciertamente cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa; y desque fué ya más harto de reir que de comer, el bueno de mi amo díjome: «verdad es Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; mas, pues Dios lo ha hecho mejor, y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.»[236]—«Dejálos, señor, acaben de pasar la calle», dije yo. Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester según el miedo y alteración, y me tornó a encaminar. Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color, y mi amo muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi consideración.

De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fué este escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día que con él asenté, le conocí ser extranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía. Al fin se cumplió mi deseo, y supe lo que deseaba; porque un día que habíamos comido razonablemente, y estaba algo contento, contóme su hacienda[237], y díjome ser de Castilla la Vieja, y que había dejado su tierra no más de[238] por no quitar el bonete a un caballero su vecino. «Señor, dije yo, si era él lo que decís, y tenía más que vos, no errábades en quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba»—«Sí es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas de cuantas veces yo se le[239] quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna, y ganarme por la mano.»—«Paréceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara; mayormente con mis mayores que yo, y que tienen más.»—«Eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que el día de hoy[240] está todo el caudal de los hombres de bien; pues te hago saber que yo soy (como ves) un escudero, mas vótote a Dios, si al Conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo; que un hidalgo[241] no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome, que un día deshonré en mi tierra a un oficial, y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba me decía: mantenga Dios a vuestra merced[242]. Vos, don villano ruin, le dije yo, ¿por qué no sois bien criado? ¿Manténgaos Dios, me habéis de decir como si fuese quien quiera? De allí adelante, de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debía.»—«¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro, dije yo, decirle que le mantenga Dios?»—«Mira, mucho de enhoramala, dijo él; a los hombres de poca arte dicen eso, mas a los más altos, como yo, no les han de hablar menos de: beso las manos de vuestra merced, o por lo menos, bésoos, señor, las manos, si el que me habla es caballero. Y ansí aquel de mi tierra, que me atestaba de mantenimiento[243], nunca más le quise sufrir; ni sufriría, ni sufriré a hombre del mundo, del rey abajo, que manténgaos Dios me diga.»—Pecador de mí, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue.—«Mayormente, dijo, que no soy tan pobre, que no tengo en mi tierra un solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid, valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y buenas; y tengo un palomar que, a no estar derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos, y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra; y vine a esta ciudad pensando que hallaría un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos hallo; mas es gente tan limitada[244], que no los sacarán[245] de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla también me ruegan; mas servir con[246] estos es gran trabajo, porque de hombre os habéis de convertir en malilla, y si no, andá con Dios, os dicen, y las más veces son los pagamentos a largos plazos, y lo más más[247] cierto comido por servido; ya cuando quieren reformar conciencia y satisfaceros vuestros sudores, sois librados[248] en la recámara, en un sudado jubón, o raída capa o sayo. Ya cuando asienta hombre[249] con un señor de título, todavía pasa su laceria, ¿pues, por ventura no hay en mí habilidad para servir y contentar a éstos? Por Dios, si con él topase, muy gran su privado[250] pienso que fuese, y que mil servicios le hiciese porque yo sabría mentille tan bien como otro, y agradalle a las mil maravillas; reille ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo; nunca decirle cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no me matar por hacer bien las cosas que él no había de ver, y ponerme a reñir donde él lo oyese con la gente de servicio, porque paresciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba; si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para le encender la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviese; y por el contrario, ser malicioso mofador, malsinar[251] a los de casa; y a los de fuera pesquisar, y procurar de saber vidas ajenas para contárselas, y muchas otras galas de esta calidad, que hoy día se usan en palacio, y a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede descuidar, y con estos, los astutos usan, como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría. Mas no quiere mi ventura que le halle.» Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome relación de su persona valerosa.

NOTAS

[159] El nombre del protagonista Lazarillo pasó a ser sustantivo apelativo para designar al guía de ciego; y la frase oler el poste (= prever un peligro), alude a una aventura de esta novela, pues Lazarillo se vengó del ciego en Escalona guiándole a que se descalabrase contra un poste, y diciéndole: «¿Cómo olistes la longaniza y no el poste?» Esta aventura se recuerda en un cuento popular, terminado con el dístico «y usted que olió la sardina, ¿por qué no ha olido la esquina?», Fernán Caballero, Cuentos y poesías populares andaluces, Madrid, Romero, 1907, pág. 174 (comp. Revue Hispanique, VII, p. 92-93).

[160] V. Morel-Fatio en el Prefacio de su traducción francesa del Lazarillo.

[161] El protagonista Lázaro se llamó de Tormes por haber nacido en Tejares, aldea de Salamanca, a la orilla del río Tormes. No se dijo del Tormes, porque en castellano antiguo los nombres de los ríos solían no llevar artículo: «las aguas de Duero, sobre Tajo», etcétera. Véase adelante cómo Fray Luis de León dice «en la ribera de Tormes».

[162] Nótase poca habilidad en la unión de los párrafos. En vez de esta conjunción y, tan poco apropiada, puso el ya citado corrector Juan de Luna: «que fuera mejor no se me cerrara porque mientras...»