LIBRO IV, CAPÍTULO LXXIII, DE LA GUERRA DE GRANADA
El Duque de Arcos, encargado por el Rey de las operaciones militares en la sierra de Ronda, va a reconocer el fuerte de Calalui, donde, en 1501, habían sufrido una gran derrota los cristianos, en la que había muerto don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitán. Mendoza, imitando a Tácito, hace una sentida y patética descripción del lugar y del suceso.
(El Duque) mandó apercibir la gente de la Andalucía y de los señores de ella, de a pie y de a caballo, con vitualla para quince días, que era lo que parecía que bastase para dar fin a esta guerra. En el entretanto que la gente se juntaba, le vino voluntad de ver y reconocer el fuerte de Calalui[267], en Sierra Bermeja, que los moros llaman Gebalhamar, adonde en tiempos pasados se perdieron don Alonso de Aguilar y el Conde de Ureña[268]: don Alonso señalado capitán y ambos grandes príncipes entre los andaluces; el de Ureña abuelo suyo[269] de parte de su madre, y don Alonso bisabuelo de su mujer.
Salió de Casares descubriendo y asegurando los pasos de la montaña, previsión necesaria por la poca seguridad en acontecimientos de guerra y poca certeza de la fortuna. Comenzaron a subir la sierra, donde se decía que los cuerpos habían quedado sin sepultura[270]; triste y aborrecible vista y memoria. Había entre los que miraban nietos y descendientes de los muertos o personas que por oídas conocían ya los lugares desdichados. Lo primero dieron en la parte donde paró la vanguardia con su capitán por la escuridad de la noche, lugar harto extendido y sin más fortificación que la natural, entre el pie de la montaña y el alojamiento de los moros. Blanqueaban calaveras de hombres y huesos de caballos, amontonados, desparcidos, según, cómo y dónde habían parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces[271]. Vieron más adelante el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecían pocas y bajas y aportilladas[272]. Iban señalando los pláticos de la tierra dónde habían caído oficiales, capitanes y gente particular[273]; referían cómo y dónde se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el Conde de Ureña[274] y Don Pedro de Aguilar, hijo mayor de Don Alonso; en qué lugar y dónde se retrajo Don Alonso y se defendía entre dos peñas; la herida que el Ferí, cabeza de los moros, le dió primero en la cabeza y después en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando a brazos: ¡Yo soy Don Alonso!; las que el Ferí le respondió cuando le hería: Tú eres Don Alonso, mas yo soy el Ferí de Benestepar, y que no fueron tan desdichadas las heridas que dió Don Alonso como las que recibió[275]; dónde mataron los capitanes rendidos, dónde tomaron los estandartes, dónde los despedazaron y escarnecieron[276]; cómo lloraron a Don Alonso amigos y enemigos. Mas en aquel punto renovaron los soldados el sentimiento; gente desagradecida sino en las lágrimas. Mandó el general hacer memoria[277] por los muertos, y rogaron los soldados que estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos o por extraños, y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza.
Vista la importancia del lugar si los enemigos lo ocupasen, envió dende a poco el Duque una bandera de infantería que entrase en el fuerte y lo guardase. Vino en este tiempo resolución del Rey que concedía a los moros cuasi todo lo que le pedían, que tocaba al provecho dellos, y comenzaron algunos a reducirse...
NOTAS
[252] Don Lucas de Torre en el Boletín de la Acad. de la Hist., LXIV, 1914, págs. 461 y sigs., ha negado la atribución a Mendoza de la Guerra de Granada, sosteniendo que ésta es una mera prosificación de los diez y ocho primeros cantos de La Austriada de Juan Rufo, poema publicado en 1584. Ahora bien, las relaciones entre ambas obras son precisamente las contrarias; La Austriada es La Guerra puesta en verso, como puede verse, por ejemplo, comparando el segundo fragmento que aquí publicamos de la historia, con los versos correspondientes del poema: este se aparta mucho más de la fuente de inspiración, Tácito, que La Guerra. Así en La Austriada, XVII, 94, etc.:
Causaba horror, mancilla y desconsuelo
la vista aborrecible y lastimera
de huesos a que el hado y la ventura