El estilo medio de esta época es, por su buen gusto y condiciones artísticas, muy superior al de todas las otras; en el siglo XVII comenzará ya la decadencia con los abusos increíbles del culteranismo y del conceptismo. Respecto al vocabulario, en el siglo XVI hallamos el mayor uso literario de voces castizas, o sea del fondo más antiguo de la lengua, y por lo tanto más conformes con la índole y genio propio de la misma; luego el caudal léxico se acrecentó tanto como se enturbió, en el siglo XVII con multitud de neologismos y cultismos, y en el XVIII con extranjerismos.


Dúdase de que don Diego Hurtado de Mendoza sea el autor de la Guerra de Granada; pero las razones presentadas están lejos de ser decisivas[252], y por ahora podemos continuar respetando la atribución tradicional de la obra, tanto más cuanto que el estilo de ésta y el de la correspondencia diplomática de don Diego que se conserva, ofrece notables puntos de semejanza[253].

Con la Guerra de Granada, la prosa histórica española deja definitivamente de producir meras crónicas o sencillas relaciones cronológicas, al uso de la Edad Media, para emplearse en narraciones más artísticas al uso de la historia clásica, adornadas con discursos, retratos, descripciones, episodios y digresiones sobre antigüedades y usos. Mendoza tomó por modelos a Salustio y a Tácito, y les imita en su estilo conciso y cortado, al cual da realce con frecuentes sentencias y reflexiones morales.

La concisión de Mendoza, como dice bien Capmany, es algunas veces extremada, en lo que sin duda afectó el autor particular estudio, de tal manera que deja a veces el sentido obscuro u ambiguo. Este defecto nace principalmente de la construcción de las frases; algunas parecen mutiladas, digámoslo así, y otras mal enlazadas, por faltarles las voces copulativas que ligan los miembros del período o señalan las secciones o tránsitos de uno a otro: modos de hablar que sólo admite la lengua latina, muy opuestos a la índole y claridad de la castellana[254].

Este defecto lo veremos colmado después con peor exceso por los prosistas místicos.

Alguno atribuyó también a la pluma de Mendoza el Lazarillo de Tormes; pero hoy nadie sostiene tal atribución. Nada absolutamente tienen de común la corriente y familiar manera de contar que se observa en la novela, con la estudiada y llena de ambición literaria que nos ofrece la Guerra.

GUERRA DE GRANADA

PRÓLOGO

Mi propósito es escribir la guerra que el Rey Católico de España Don Felipe II, hijo del nunca vencido Emperador Don Carlos, tuvo en el reino de Granada contra los rebeldes nuevamente convertidos[255], parte de la cual yo vi[256] y parte entendí[257] de personas que en ella pusieron las manos y el entendimiento. Bien sé que muchas cosas de las que escribiere parecerán a algunos livianas y menudas para historia, comparadas a las grandes que de España se hallan escritas[258]: guerras largas de varios sucesos; tomas y desolaciones de ciudades populosas; reyes vencidos y presos, desposeídos, restituídos y otra vez desposeídos, muertos a hierro[259]; discordias entre padres e hijos, hermanos y hermanos, suegros y yernos; acabados linajes, mudadas sucesiones de reinos; libre y extendido campo y ancha salida para los escritores. Yo escogí camino más estrecho, trabajoso, estéril y sin gloria[260], pero provechoso y de fruto para los que adelante vinieren: comienzos bajos, rebelión de salteadores, junta de esclavos, tumulto de villanos, competencias, odios, ambiciones y pretensiones; dilación de provisiones, falta de dinero, inconvenientes o no creídos, o tenidos en poco, remisión y flojedad en ánimos acostumbrados a entender, proveer y disimular mayores cosas; y así no será cuidado perdido considerar de cuán livianos principios y causas particulares se viene a colmo de grandes trabajos, dificultades y daños públicos, y cuasi fuera de remedio; veráse una guerra al parecer tenida en poco y liviana dentro en casa[261], mas fuera estimada y de gran coyuntura, que en cuanto duró tuvo atentos y no sin esperanza los ánimos de príncipes amigos y enemigos, lejos y cerca; primero encubierta y sobresanada[262], y al fin descubierta, parte con el miedo y la industria y parte criada con el arte y ambición; la gente, que dije pocos a pocos junta, representada en forma de ejércitos; necesitada España a mover sus fuerzas para atajar el fuego; el rey salir de su reposo y acercarse a ella; encomendar la empresa a Don Juan de Austria, su hermano, hijo del Emperador Don Carlos, a quien la obligación de las victorias del padre moviese a dar la cuenta de sí que nos muestra el suceso; en fin, pelearse cada día con enemigos, frío, calor, hambre, falta de municiones, de aparejos en todas partes, daños nuevos, muertes a la contínua: hasta que vimos a los enemigos, nación belicosa, entera, armada y confiada en el sitio, en[263] el favor de los berberíes y turcos[264], vencida, rendida, sacada de su tierra y desposeída de sus casas y bienes; presos y atados hombres y mujeres; niños cautivados, vendidos en almoneda o llevados a habitar a tierras lejos de la suya: cautiverio y transmigración no menor que las que de otras gentes se leen por las historias. Victoria dudosa y de sucesos tan peligrosos, que alguna vez se tuvo duda si éramos nosotros o los enemigos los[265] a quien Dios quería castigar, hasta que el fin della descubrió que nosotros éramos los amenazados y ellos los castigados. Agradezcan y acepten esta mi voluntad libre y lejos de todas las cosas de odio o de amor[266] los que quisieren tomar ejemplo o escarmiento, que esto sólo pretendo por remuneración de mi trabajo, sin que de mi nombre quede otra memoria.