Él mismo declara también que su empeño principal fué poner en el habla del vulgo número, abundancia, entonación y armonía. Sin embargo, a veces usa períodos defectuosos, y esto principalmente por construirlos tan largos que casi se rompe el enlace de su comienzo con su remate[340]. Además, las conjunciones porque y pues aparecen encabezando multitud de frases, con el pueril objeto de encadenarlas materialmente a la que antecede, cuando de no ligarlas de otra manera bastaría que esta trabazón corriera solamente a cargo del pensamiento. En fin, pocas veces cae en la tentación de buscar la falsa elegancia, puesta en moda ya desde el siglo XV, de remitir afectadamente el verbo al fin de la proposición (verbi gracia: «Con el calor del día y del sueño encendidos demasiadamente y dañados», [pág. 175]).
NOMBRES DE CRISTO
INTRODUCCIÓN AL LIBRO III
Declara Fray Luis en qué procuró mejorar el lenguaje de sus escritos sobre el ordinario y familiar.
Mas a los que dicen que no leen aquestos mis libros por estar en romance[341] y que en latín los leyeran, se les responde que les debe poco su lengua, pues por ella aborrecen lo que, si estuviera en otra, tuvieran por bueno. Y no sé yo de dónde les nace el estar con ella tan mal; que ni ella lo merece, ni ellos saben tanto de la latina que no sepan más de la suya, por poco que della sepan, como de hecho saben della poquísimo muchos. Y destos son los que dicen que no hablo en romance, porque no hablo desatadamente y sin orden, y porque pongo en las palabras concierto y las escojo y les doy su lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio[342], ansí en lo que se dice, como en la manera como se dice; y negocio que de las palabras que todas hablan elige las que convienen y mira el sonido dellas, y aun cuenta a veces las letras, y las pesa y las mide y las compone, para que, no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura. Y si dicen que no es estilo para los humildes y simples, entiendan que, así como los simples tienen su gusto, así los sabios y los graves y los naturalmente compuestos no se aplican bien a lo que se escribe mal y sin orden; y confiesen que debemos tener cuenta con ellos, y señaladamente en las escrituras que son para ellos solos, como aquesta lo es.
Y si acaso dijeren que es novedad, yo confieso que es nuevo, y camino no usado por los que escriben en esta lengua, poner en ella número, levantándola del decaimiento ordinario. El cual camino quise yo abrir[343], no por la presunción que tengo de mí, que sé bien la pequeñez de mis fuerzas, sino para que los que las tienen se animen a tratar de aquí adelante su lengua como los sabios y elocuentes pasados, cuyas obras por tantos siglos viven, trataron las suyas, y para que la igualen, en esta parte que le falta, con las lenguas mejores, a las cuales, según mi juicio, vence ella en otras muchas virtudes.
LIBRO PRIMERO
Dirigiéndose al Obispo de Córdoba, don Pedro Portocarrero, introduce Fray Luis los personajes que figurarán en el diálogo de la obra, y supone que son tres amigos suyos, de su misma Orden de San Agustín.
Era por el mes de Junio, a las vueltas[344] de la fiesta de San Juan, al tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios, cuando Marcelo, el uno de los que digo (que así le quiero llamar con nombre fingido, por ciertos respetos que tengo, y lo mismo haré a los demás), después de una carrera tan larga, como es la de un año en la vida que allí se vive[345], se retiró, como a puerto sabroso, a la soledad de una granja que, como vuestra merced sabe, tiene mi monasterio en la ribera de Tormes[346]; y fuéronse con él, por hacerle compañía, y por el mismo respeto, los otros dos. Adonde habiendo estado algunos días, aconteció que una mañana, que era la del día dedicado al apóstol San Pedro, después de haber dado al culto divino[347] lo que se le debía, todos tres juntos se salieron de la casa a la huerta que se hace[348] delante della. Es la huerta grande, y estaba entonces bien poblada de árboles, aunque puestos sin orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista, y sobre todo, la hora y la sazón.
Pues entrados en ella, primero, y por un espacio pequeño, se anduvieron paseando y gozando del frescor, y después se sentaron juntos a la sombra de unas parras y junto a la corriente de una pequeña fuente, en ciertos asientos. Nace la fuente de la cuesta que tiene la casa a las espaldas, y entraba en la huerta por aquella parte, y corriendo y estropezando, parecía reírse. Tenían también delante de los ojos y cerca dellos una alta y hermosa alameda. Y más adelante, y no muy lejos, se veía el río Tormes, que aun en aquel tiempo, hinchiendo bien sus riberas, iba torciendo el paso por aquella vega. El día era sosegado y purísimo, y la hora muy fresca. Así que, asentándose y callando por un pequeño tiempo, después de sentados, Sabino (que así me place llamar al que de los tres era el más mozo), mirando hacia Marcelo y sonriéndose, comenzó a decir así: