[337] Don Lorenzo de Cepeda.


FRAY LUIS DE LEÓN
(1527-1591)


Los dos primeros libros de los Nombres de Cristo se imprimieron en 1583; los tres completos, en 1585. La perfecta casada, en 1586.

Como se ha visto, la prosa castellana contaba ya en el último tercio del siglo XVI con muy notables cultivadores.

Fray Luis de León consideraba, sin embargo, que el idioma no había logrado aún el cultivo esmerado y profundo de que era digno. Claro es que no podía satisfacerle, aunque lo admiraba, el estilo humilde, sencillo y descuidado de Santa Teresa; pero ya es más chocante que, hablando del poco cultivo de la lengua, no dedique ni una alabanza, ni un recuerdo, a su predecesor, Fray Luis de Granada; el estilo de éste era un estilo oratorio que sin duda, no contentaba al maestro León, por no encajar dentro del ideal de perfección artística que él perseguía[338]. Así que se consideró a sí mismo, más que como innovador, como padre de la prosa literaria, y no le faltaba alguna razón.

El lenguaje de Fray Luis de Granada tenía solemnidad, elevación y valentía; pero por estar aún el idioma poco diestro en la expresión de razonamientos y pensamientos abstractos, no halla muchas veces los recursos delicados de la construcción gramatical, y tiene algo de desmañado y flojo. Por esto Fray Luis de León encontró que el castellano encerraba tesoros aun no hallados de cadencia, proporción, asiento y armonía.

Granada se esforzó en trabajar la frase, considerándola como un silogismo, como un razonamiento o un apóstrofe; León le dedicó su cuidado mirándola más especialmente como una obra de arte. Los tratados del uno son como sermones puestos por escrito; los del otro, como poesías redactadas en prosa[339]. El uno es más elocuente, el otro más poeta; el uno es, en suma, orador, y el otro escritor.

Fray Luis de León nos declara que su arte era en todo reflexivo y meditado; arte de selección cuidadosa de palabras, y hasta de letras; arte de cálculo y medida en la disposición de frases; arte en todo diestro, esmerado y primoroso que nos ofrece la lengua castellana ataviada con todos los elementos poéticos y musicales de que es capaz, y levantada a la altura de las lenguas clásicas.