Pues ¿quién no ve que a aquella hora despierta el mundo todo junto, y que la luz nueva saliendo, abre los ojos de los animales todos, y que si fuese entonces dañoso dejar el sueño, la naturaleza (que en todas las cosas generalmente, y en cada una por sí, esquiva y huye el daño, y sigue y apetece el provecho, o que, para decir la verdad, es ella eso mismo que a cada una de las cosas conviene y es provechoso), no rompiera tan presto el velo de las tinieblas que nos adormecen, ni sacara por el oriente los claros rayos del sol, o si los sacara, no les diera tanta fuerza para nos despertar?[365]. Porque si no despertase naturalmente la luz, no le cerrarían las ventanas tan diligentemente los que abrazan el sueño. Por manera que la naturaleza, pues nos envía la luz, quiere, sin duda, que nos despierte. Y pues ella nos despierta, a nuestra salud conviene que despertemos.
Y no contradice a esto el uso de las personas que ahora el mundo llama señores, cuyo principal cuidado es vivir para el descanso y regalo del cuerpo, las cuales guardan la cama hasta las doce del día[366]. Ante esta verdad, que se toca con las manos, condena aquel vicio, del cual, ya por nuestros pecados o por sus pecados de ellos mismos[367], hacen honra y estado[368], y ponen parte de su grandeza en no guardar ni aun en esto el concierto que Dios les pone. Castigaba bien una persona, que yo conocí, esta torpeza, y nombrábala con su merescido vocablo. Y aunque es tan vil como lo es el hecho, daráme vuestra merced[369] licencia para que lo ponga aquí, porque es palabra que cuadra. Así que, cuando le decía alguno que era estado en los señores este dormir, solía él responder que se erraba la letra[370], y que por decir establo decían estado. Y ello a la verdad es así, que aquel desconcierto de vida tiene principio y nasce de otro mayor desconcierto, que está en el alma y es causa él también y principio de muchos otros desconciertos torpes y feos. Porque la sangre y los demás humores del cuerpo, con el calor del día y del sueño, encendidos demasiadamente y dañados, no solamente corrompen la salud, mas también aficionan e inficionan el corazón feamente. Y es cosa digna de admiración que, siendo estos señores en todo lo demás grandes seguidores, o por mejor decir, grandes esclavos de su deleite, en esto sólo se olvidan dél, y pierden por un vicioso dormir lo más deleitoso de la vida, que es la mañana.
Porque entonces la luz, como viene después de las tinieblas y se halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo entonces, y el colorear de las nubes y el descubrirse el aurora (que no sin causa los poetas la coronan de rosas)[371], y el aparecer la hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves, ¿qué duda hay sino que suena entonces más dulcemente? y las flores y las yerbas y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor. Y como cuando entra el rey de nuevo en alguna ciudad se adereza y hermosea toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza[372] y como alarde de sus mejores riquezas; así los animales y la tierra y el aire, y todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y como para recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno sus bienes. Y como los curiosos suelen poner cuidado y trabajo por ver semejantes recibimientos, así los hombres concertados y cuerdos, aun por sólo el gusto, no han de perder esta fiesta que hace toda la naturaleza al sol por las mañanas; porque no es gusto de un solo sentido, sino general contentamiento de todos, porque la vista se deleita con el nascer de la luz y con la figura[373] del aire y con el variar de las nubes; a los oídos las aves hacen agradable armonía; para el oler, el olor que en aquella sazón el campo y las yerbas despiden de sí es olor suavísimo, pues el fresco del aire de entonces templa con grande deleite el humor calentado con el sueño, y cría salud y lava las tristezas del corazón, y no sé en qué manera le despierta a pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios del día.
Pero, si puede tanto con estos hijos de tinieblas el amor dellas, que aun del día hacen noche, y pierden el fruto de la luz con el sueño, y ni el deleite, ni la salud, ni la necesidad y provecho que dicho habemos, son poderosos para los hacer levantar, vuestra merced que es hija de luz, levántese con ella, y abra la claridad de sus ojos cuando descubriere sus rayos el sol, y con pecho puro levante sus manos limpias al Dador de la luz, ofresciéndole con santas y agradescidas palabras su corazón, y después de hecho esto, y de haber gozado del gusto del nuevo día, vuelta a las cosas de su casa, entienda en su oficio.
NOTAS
[338] Véase la [nota 343] de la [pág. 161].
[339] Algunos de sus párrafos tienen el mismo asunto que sus versos, no sabiéndose si son su esbozo y plan o su comentario y explicación. (Véase [pág. 169], [nota 359], y [pág. 170], [nota 363].)
[340] Véase, por ejemplo, la larga interrogación de la [pág. 173].
[341] Se censuró a Fray Luis por haber escrito en castellano los dos primeros libros de los Nombres de Cristo, impresos en 1583; pues, aunque ya habían escrito el P. Avila y el P. Granada, muchos seguían creyendo que un teólogo no debía emplear para sus obras sino el latín. Fray Luis contestó reimprimiendo los Nombres de Cristo, en 1585, adicionados con un tercer libro a cuya introducción pertenece el presente extracto.
[342] Es decir, que no es cosa común a todos los que hablan una lengua, sino que exige particular disposición y estudio. Es antigua en España la creencia de que la lengua propia ni merece ni requiere atención y trabajo; Juan de Valdés se queja de los que con tanta negligencia y tan inmerecido desdén la tratan, y Ambrosio de Morales, en 1546, decía: «siempre ha quedado nuestra lengua en la miseria y con la pobreza que antes tenía... que todo nace del gran menosprecio en que nuestros mismos naturales tienen nuestra lengua, por lo cual ni se aficionan a ella, ni se aplican a ayudarla». (Introducción al Diálogo de la dignidad del hombre, del M. Hernán Pérez de Oliva, tío de Morales.)