HISTORIA DE ESPAÑA

LIBRO XVII, CAPÍTULO XIII

Muerte del Rey Don Pedro el Cruel, 22 ó 23 marzo, 1369. En el capítulo anterior contó Mariana cómo Don Enrique, vuelto de Francia, allegó en rededor suyo muchos partidarios; le recibieron por Rey Burgos y otras ciudades, y cercó a Toledo que aún se mantenía por Don Pedro.

El Rey Don Pedro, desamparado de los que le podían ayudar, y sospechoso de los demás, lo que sólo le restaba, se resolvió de aventurarse, encomendarse a sus manos y ponerlo todo en el trance y riesgo de una batalla; sabía muy bien que los reinos se sustentan y conservan más con la fama y reputación que con las fuerzas y armas. Teníale con gran cuidado el peligro de la real ciudad de Toledo; estaba aquejado y pensaba cómo mejor podría conservar su reputación. Esto le confirmaba más en su propósito de ir en busca de su enemigo y dalle[375] la batalla. Procuráronselo estorbar los de Sevilla; decíanle que se destruía y se iba derecho a despeñar; que lo mejor era tener sufrimiento, reforzar su ejército y esperar las gentes que cada día vendrían de sus amigos y de los pueblos que tenían su voz[376]. Esto que le aconsejaban era lo que en todas maneras debiera seguir, si no le cegaran la grandeza de sus maldades y la divina justicia, que estaba ya determinada de muy presto castigallas. Estando en este aprieto, sucedióle otro desastre, y fué que Vitoria, Salvatierra y Logroño, que eran de su obediencia, fatigadas de las armas del Rey de Navarra[377], y por falta de socorro por estar Don Pedro tan lejos, se entregaron al Navarro. Ayudó a esto Don Tello[378], el cual, si estaba mal con Don Pedro, no era amigo de su hermano Don Enrique, y así se estaba a la mira[379] en Vizcaya, sin querer ayudar a ninguno de los dos.

Proseguíase en este comedio el cerco de Toledo. Y como quier que aquella ciudad estuviese, como dijimos, dividida en aficiones, algunos de los que favorecían a Don Enrique intentaron de apoderalle[380] de una torre del muro de la ciudad que miraba al real, que se dice la torre de los Abades. Como no le sucediese[381] esta traza, procuraron dalle entrada en la ciudad por el puente de San Martín[382], sobre lo cual los del un bando y del otro vinieron a las manos, en que sucedieron algunas muertes de ciudadanos.

Sabidas estas revueltas por el Rey Don Pedro, dióse muy mayor priesa a irla a socorrer, por no hallalla perdida cuando llegase. Para ir con menor cuidado mandó recoger sus tesoros, y con sus hijos Don Sancho y Don Diego llevallos a Carmona, que es una fuerte y rica villa del Andalucía, y está cerca de Sevilla. Hecho esto, juntó arrebatadamente su ejército y aprestó su partida para el reino de Toledo. Llevaba en su campo tres mil hombres de a caballo; pero la mitad de ellos, ¡mal pecado![383], eran moros, y de quien no se tenía entera confianza, ni se esperaba que pelearían con aquel brío y gallardía que fuera necesario. Dícese que al tiempo de su partida consultó a un moro sabio de Granada, llamado Benagatin, con quien tenía mucha familiaridad, y que el moro le anunció su muerte por una profecía de Merlín[384], hombre inglés que vivió antes deste tiempo, como cuatrocientos años. La profecía contenía estas palabras: «En las partes de occidente, entre los montes y el mar, nacerá una ave negra, comedora y robadora, y tal, que todos los panales del mundo querrá recoger en sí, y todo el oro del mundo querrá poner en su estómago, y después gormarlo ha[385], y tornará atrás. Y no perecerá luego por esta dolencia, caérsele han las péñolas, y sacarle han las plumas al sol, y andará de puerta en puerta y ninguno la querrá acoger, y encerrarse ha en la selva y allí morirá dos veces: una al mundo, y otra a Dios, y desta manera acabará.» Esta fué la profecía, fuese verdadera o ficción, de un hombre vanísimo que le quisiese burlar; como quiera que fuese, ella se cumplió dentro de muy pocos días.

El Rey Don Pedro, con la hueste que hemos dicho, bajó del Andalucía a Montiel, que es una villa en la Mancha y en los Oretanos antiguos, cercada de muralla, con su pretil, torres y barbacana, puesta en un sitio fuerte y fortalecida con un buen castillo. Sabida por Don Enrique la venida de Don Pedro, dejó a Don Gómez Manrique, Arzobispo de Toledo, para que prosiguiese el cerco de aquella ciudad, y él, con dos mil y cuatrocientos hombres de a caballo, por no esperar el paso de la infantería, partió con gran priesa en busca de Don Pedro. Al pasar por la villa de Orgaz, que está a cinco leguas de Toledo, se juntó con él Beltrán Claquin[386] con seiscientos caballos extranjeros que traía de Francia; importantísimo socorro y a buen tiempo, porque eran soldados viejos y muy ejercitados y diestros en pelear. Llegaron al tanto[387] allí Don Gonzalo Mejía, maestre de Santiago, y Don Pedro Muñiz[388], maestre de Calatrava, y otros señores principales que venían con deseo de emplear sus personas en la defensa y libertad de su patria. Partió Don Enrique con esta caballería; caminó toda la noche, y al amanecer dieron vista a los enemigos, antes que tuviesen nuevas ciertas que eran partidos de Toledo.

Ellos, cuando vieron que estaba tan cerca Don Enrique, tuvieron gran miedo, y pensaron no hobiese alguna traición y trato para dejarlos en sus manos; a esta causa[389] no se fiaban los unos de los otros. Recelábanse también de los mismos vecinos de la villa. Los capitanes, con mucha priesa y turbación, hicieron recoger los más de los soldados que estaban alojados en las aldeas cerca de Montiel; muchos dellos desampararon las banderas de miedo o por el poco amor y menos gana con que servían.

Al salir del sol formaron sus escuadrones de ambas partes y animaron sus soldados a la batalla. Don Enrique habló a los suyos en esta sustancia[390]: «Este día, valerosos compañeros, nos ha de dar riquezas, honra y reino, o nos lo ha de quitar. No nos puede suceder mal, porque de cualquiera manera que nos avenga, seremos bien librados; con la muerte, saldremos de tan inmensos e intolerables afanes como padecemos; con la victoria, daremos principio a la libertad y descanso, que tanto tiempo ha deseamos. No podemos entretenernos ya más; si no matamos a nuestro enemigo, él nos ha de hacer perecer de[391] tal género de muerte, que la ternemos[392] por dichosa y dulce si fuere ordinaria, y no con crueles y bárbaros tormentos. La naturaleza nos hizo gracia de la vida con un necesario tributo, que es la muerte; ésta no se puede excusar; empero los tormentos, las deshonras, afrentas e injurias, evitarálas vuestro esfuerzo y valor. Hoy alcanceréis una gloriosa victoria, o quedaréis como honrados y valerosos tendidos en el campo. No vean tal mis ojos; no permita vuestra bondad, Señor, que perezcan tan virtuosos y leales caballeros. Mas ¿qué muerte tan desastrada y miserable nos puede venir que sea peor que la vida acosada que traemos? No tenemos guerra con enemigo que nos concederá partidos razonables, ni aun una tolerable servidumbre, cuando queramos ponernos en sus manos; ya sabéis su increíble crueldad, y tenéis bien a vuestra costa experimentado cuán poca seguridad hay en su fe y palabra. No tiene mejor fiesta, ni más alegre[393], que la que solemniza con sangre y muertes, con ver destrozados los hombres delante de sus ojos. ¿Por ventura habémoslo[394] con algún malvado y perverso tirano, y no con una inhumana y feroz bestia, que parece ha sido agarrochada en la leonera para que de allí con mayor braveza salga a hacer nuevas muertes y destrozos? Confío en Dios, y en su apóstol Santiago, que ha caído en la red que nos tenía tendida y que está encerrado, donde pagará la cruel carnicería que en nos[395] tiene hecha; mirad, mis soldados, no se os vaya; detenedla, no la dejéis huir, no quede lanza ni espada que no pruebe en ella sus aceros. Socorred, por Dios, a nuestra miserable patria, que la tiene desierta y asolada; vengad la sangre que ha derramado de vuestros padres, hijos, amigos y parientes. Confiad en nuestro Señor, cuyos sagrados ministros sacrílegamente ha muerto, que os favorecerá para que castiguéis tan enormes maldades, y le hagáis un agradable sacrificio de la cabeza de un tal monstruo horrible y fiero tirano»[396].

Acabada la plática, luego con gran brío y alegría arremetieron a los enemigos; hirieron en ellos con tan gran denuedo, que sin poder sufrir este primer ímpetu en un momento fueron desbaratados. Los primeros huyeron los moros[397], los castellanos resistieron algún tanto; mas como se viesen perdidos y desamparados, se recogieron, con el Rey Don Pedro, en el castillo de Montiel. Murieron muchos de los moros en la batalla, muchos más fueron los que perecieron en el alcance[398]; de los cristianos no murió sino sólo un caballero[399]. Ganóse esta victoria un miércoles, catorce días de marzo del año de 1369.