Don Enrique, visto cómo Don Pedro se encerró en la villa, a la hora la hizo cercar de una horma (pared de piedra seca) con gran vigilancia porque no se les pudiese escapar. Comenzaron los cercados a padecer falta de agua y de trigo, ca lo poco que tenían les dañó de industria[400], a lo que parece, algún soldado de los de dentro, deseoso de que se acabase presto el cerco. Don Pedro, entendido el peligro en que estaba, pensó cómo podría huirse del castillo más a su salvo[401]. Hallábase con él un caballero que le era muy leal, natural de Trastamara, decíase Men Rodríguez[402] de Sanabria; por medio deste hizo a Beltrán Claquin una gran promesa de villas y castillos y de docientas mil doblas castellanas, a tal que, dejado a Don Enrique, le favoreciese y le pusiese en salvo. Extrañó esto Beltrán; decía que si tal consintiese, incurriría en perpetua infamia de fementido y traidor; mas como todavía Men Rodríguez le instase, pidióle tiempo para pensar en tan grande hecho. Comunicado el negocio secretamente con los amigos de quien más se fiaba, le aconsejaron que contase a Don Enrique todo lo que en este caso pasaba; tomó su consejo. Don Enrique le agradeció mucho su fidelidad, y con grandes promesas[403] le persuadió a que con trato doble hiciese venir a Don Pedro a su posada, y le prometiese haría lo que deseaba. Concertaron la noche; salió Don Pedro de Montiel armado sobre un caballo con algunos caballeros que le acompañaban; entró en la estancia de Beltrán Claquin con más miedo que esperanza de buen suceso. El recelo y temor que tenía dicen se le aumentó un letrero que leyó poco antes, escrito en la pared de la torre del homenaje del castillo de Montiel, que contenía estas palabras: Esta es la torre de la Estrella. Ca ciertos astrólogos le pronosticaron que moriría en una torre deste nombre. Ya sabemos cuán grande vanidad sea la destos adevinos, y cómo después de acontecidas las cosas se suelen fingir semejantes consejas. Lo que se refiere que le pasó con un judío médico es cosa más de notar. Fué así, que por la figura de su nacimiento le había dicho que alcanzaría nuevos reinos y que sería muy dichoso. Después, cuando estuvo en lo más áspero de sus trabajos, díjole: «cuán mal acertastes en vuestros pronósticos», respondió el astrólogo: «aunque más hielo caiga del cielo, de necesidad el que está en el baño ha de sudar.» Dió por estas palabras a entender que la voluntad y acciones de los hombres son más poderosas que las inclinaciones de las estrellas[404].
Entrado pues Don Pedro en la tienda de Don Beltrán, díjole que ya era tiempo que se fuesen. En esto entró Don Enrique armado; como vió a Don Pedro, su hermano, estuvo un poco sin hablar como espantado; la grandeza del hecho le tenía alterado y suspenso, o no le conocía por los muchos años que no se vieran. No es menos sino que los que se hallaron presentes estaban entre miedo y esperanza vacilando. Un caballero francés dijo a Don Enrique, señalando con la mano a Don Pedro: «mirad que ese es vuestro enemigo.» Don Pedro con aquella natural ferocidad que tenía, respondió dos veces: «yo soy, yo soy.» Entonces Don Enrique sacó su daga y dióle una herida con ella en el rostro. Vinieron luego a los brazos, cayeron ambos en el suelo; dicen que Don Enrique debajo, y que con ayuda de Beltrán, que les dió vuelta y le puso encima, le pudo herir de muchas puñaladas, con que le acabó de matar. Cosa que pone grima, un rey, hijo y nieto de reyes, revolcado en su sangre derramada por la mano de un su hermano bastardo. ¡Extraña hazaña!
A la verdad, cuya[405] vida fué tan dañosa para España, su muerte le fué saludable; y en ella se echa bien de ver que no hay ejércitos, poder, reinos ni riquezas que basten a tener seguro a un hombre que vive mal e insolentemente. Fué este un extraño ejemplo para que en los siglos venideros tuviesen que considerar, se admirasen y temiesen y supiesen también que las maldades de los príncipes las castiga Dios, no solamente con el odio y mala voluntad con que mientras viven son aborrecidos, ni sólo con la muerte, sino con la memoria de las historias, en que son eternamente afrentados y aborrecidos por todos aquellos que las leen, y sus almas sin descanso serán para siempre atormentadas.
LIBRO XIX, CAPÍTULO XV
Es alzado por Rey de Castilla Don Juan II. Abnegación de su tío Don Fernando de Antequera.
Hecho el enterramiento y las exequias del Rey Don Enrique con la magnificencia que era razón y con toda representación de majestad y tristeza, los grandes se comunicaron para nombrar sucesor y hacer las ceremonias y homenajes que en tal caso se acostumbran. No eran conformes los pareceres, ni todos hablaban de una misma manera. A muchos parecía cosa dura y peligrosa esperar que un infante de veinte y dos meses tuviese edad competente para encargarse del gobierno. Acordábanse de la minoridad de los reyes pasados, y de los males que por esta causa se padecieron por todo aquel tiempo. Leyóse en público el testamento del Rey difunto, en que disponía y dejaba mandado que la Reina, su mujer[406], y el Infante Don Fernando, su hermano, se encargasen del gobierno del reino y de la tutela del Príncipe. A Diego López de Zúñiga y Juan de Velasco encomendó la crianza y la guarda del niño; la enseñanza a Don Pablo, Obispo de Cartagena, para que en las letras fuese su maestro, como era ya su chanciller mayor, hasta tanto que el Príncipe fuese de edad de catorce años. Ordenó otrosí que los tres atendiesen sólo al cuidado que se les encomendaba, y no se empachasen en el gobierno del reino.
Algunos pretendían que todas estas cosas se debían alterar; alegaban que el testamento se hizo un día antes de la muerte del Rey cuando no estaba muy entero, antes tenía alterada la cabeza y el sentido; que no era razón por ningún respeto dejar el reino expuesto a las tempestades que forzosamente por estas causas se levantarían. Desto se hablaba en secreto, desto en público en las plazas y corrillos. Verdad es que ninguno se adelantaba a declarar la traza que se debía tener para evitar aquellos inconvenientes; todos estaban a la mira, ninguno se quería aventurar a ser el primero. Todos ponían mala voz[407] en el testamento y lo dispuesto en él; pero cada cual asimismo temía de ponerse a riesgo de perderse si se declaraba mucho. Ofrecíaseles que el infante Don Fernando los podría sacar de la congoja en que estaban y de la cuita[408], si se quisiese encargar del reino; mas recelábase que no vendría en esto por ser de su natural templado, manso y de gran modestia, virtudes que cada cual les daba el nombre[409] que le parecía, quién de miedo, quién de flojedad, quién de corazón estrecho; finalmente, de los vicios que más a ellas se semejan. La ausencia de la Reina y ser mujer y extranjera daba ocasión a estas pláticas. Estaba a la sazón en Segovia con sus hijos cubierta de luto y de tristeza, así por la muerte de su marido, como por el recelo que tenía en qué pararían aquellas cosas[410] que se removían en Toledo.
Los grandes, comunicado el negocio entre sí, al fin determinaron dar un tiento al infante Don Fernando. Tomó la mano Don Ruy López Dávalos por la autoridad que tenía de condestable y por estar más declarado que ninguno de los otros. Pasaron en secreto muchas razones primero; después, en presencia de otros de su opinión, le hizo para animalle, que se mostraba muy tibio, un razonamiento muy pensado desta sustancia: «Nos, señor, os convidamos con la corona de vuestros padres y abuelos, resolución cumplidera[411] para el reino, honrosa para vos, saludable para todos. Para que la oferta salga cierta, ninguna otra cosa falta sino vuestro consentimiento; ninguno será tan osado que haga contradicción a lo que tales personajes acordaron. No hay en nuestras palabras engaño ni lisonja. Subir a la cumbre del mando y del señorío por malos caminos, es cosa fea; mas desamparar al reino que de su voluntad se os ofrece y se recoge al amparo de vuestra sombra en el peligro, mirad no parezca flojedad y cobardía. La naturaleza de la potestad real y su origen, enseñan bastantemente que el cetro se puede quitar a uno y dar a otro, conforme a las necesidades que ocurren. Al principio del mundo vivían los hombres derramados por los campos a maneras de fieras; no se juntaban en ciudades ni en pueblos; solamente cada cual de las familias reconocía y acataba al que entre todos se aventajaba en la edad y en la prudencia. El riesgo que todos corrían de ser oprimidos de los más poderosos y las contiendas que resultaban con los extraños y aun entre los mismos parientes, fueron ocasión que se juntasen unos con otros, y para mayor seguridad se sujetasen y tomasen por cabeza al que entendían con su valor y prudencia los podría amparar[412] y defender de cualquier agravio y demasía. Este fué el origen que tuvieron los pueblos, éste el principio de la majestad real[413], la cual por entonces no se alcanzaba por negociaciones ni sobornos; la templanza, la virtud y la inocencia prevalecían. Asimismo no pasaba por herencia de padres a hijos; por voluntad de todos y de entre todos se escogía el que debía suceder al que moría. El demasiado poder de los reyes hizo que heredasen las coronas los hijos, a veces de pequeña edad, de malas y dañadas costumbres. ¿Qué cosa puede ser más perjudicial que entregar a ciegas y sin prudencia al hijo, sea el que fuere, los tesoros, las armas, las provincias, y lo que se debía a la virtud y méritos de la vida, dallo al que ninguna muestra ha dado de tener bastantes prendas? No quiero alargarme más en esto ni valerme de ejemplos antiguos para prueba de lo que digo. Todavía es averiguado que por la muerte del Rey Don Enrique el Primero sucedió en esta corona, no Doña Blanca, su hermana mayor, que estaba casada en Francia, sino Doña Berenguela, acuerdo muy acertado, como lo mostró la santidad y perpetua felicidad de Don Fernando, su hijo. El hijo menor del Rey Don Afonso el Sabio la ganó a los hijos de su hermano mayor el Infante Don Fernando, porque con sus buenas partes daba muestras de Príncipe valeroso. ¿Para qué son cosas antiguas? Vuestro abuelo el Rey Don Enrique quitó el reino a su hermano y privó a las hijas de la herencia de su padre; que si no se pudo hacer, será forzoso confesar que los Reyes pasados no tuvieron justo título. Los años pasados en Portugal el maestre de Avis se apoderó de aquel reino, si con razón, si tiránicamente, no es deste lugar apurallo; lo que se sabe es que hasta hoy le ha conservado y mantenídose en él contra todo el poder de Castilla. De menos tiempo acá dos hijas del Rey Don Juan de Aragón perdieron la corona de su padre, que se dió a Don Martín, hermano del difunto, si bien estaba ausente y ocupado en allanar a Sicilia; que siempre se tuvo por justo mudase la comunidad y el pueblo conforme a la necesidad que ocurriese, lo que ella misma estableció por el bien común de todos. Si convidáramos con el mando a alguna persona extraña, sin nobleza, sin partes, pudiérase reprehender nuestro acuerdo. ¿Quién tendrá por mal que queramos por Rey un Príncipe de la alcuña[414] real de Castilla, y que en vida de su hermano tenía en su mano el gobierno? Mirad, pues, no se atribuya antes a mal no hacer caso ni responder a la voluntad que grandes y pequeños os muestran, y por excusar el trabajo y la carga desamparar a la patria común, que de verdad, tendidas las manos, se mete debajo las alas y se acoge al abrigo de vuestro amparo en el aprieto en que se halla. Esto es finalmente lo que todos suplicamos; que encargaros uséis en el gobierno destos reinos de la templanza a vos acostumbrada y debida, no será necesario.»
Después destas razones los demás grandes que presentes estaban se adelantaron, cada cual por su parte, para suplicalle aceptase. No faltó quien alegase profecías y revelaciones y pronósticos del cielo en favor de aquella demanda. A todo esto el Infante, con rostro mesurado y ledo[415], replicó y dijo no era de tanta codicia ser Rey que se hobiese de menospreciar la infamia que resultaría contra él de ambicioso e inhumano, pues despojaba un niño inocente y menospreciaba la Reina viuda y sola[416], a cuya defensa toda buena razón le obligaba, demás de las alteraciones y guerras que forzosamente en el reino sobre el caso se levantarían. Que les agradecía aquella voluntad y el crédito que mostraban tener de su persona; pero que en ninguna cosa les podía mejor recompensar aquella deuda que en dalles por Rey y señor al hijo de su hermano, su sobrino, por cuyo respeto y por el procomún de la patria él no se quería excusar de ponerse a cualquier riesgo y fatiga y encargarse del gobierno, según que el Rey, su hermano, lo dejó dispuesto; solo, en ninguna manera se podría persuadir de tomar aquel camino agrio y áspero que le mostraban.
Concluído esto, poco después juntó los señores y prelados en la capilla de Don Pedro Tenorio, que está en el claustro de la iglesia mayor. El condestable Don Ruy López, por si acaso había mudado de parecer, le preguntó allí en público a quién quería alzasen por Rey. El, con semblante demudado, respondió en voz alta: «¿A quién, sino al hijo de mi hermano?» Con esto levantaron los estandartes, como es de costumbre, por el Rey Don Juan el Segundo, y los reyes de armas le pregonaron por Rey, primero en aquella junta, y consiguientemente por las calles y plazas de la ciudad.