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(Año de 1555.)—Relación de lo ocurrido en la Habana, acerca de la entrada de los franceses en ella, remitida á S. M. por el cabildo de la villa.—(Colec. Muñoz, t. LXXXVII, fol. 206, y A. de I., 54, 1, 15.)
En 10 dias de Julio, miercoles, antes que saliese el sol, la vela del Morro alzó bandera e hizo señal que parescia navio, y la fortaleza disparó un tiro, al cual el gobernador cabalgó y salió a la playa, adonde estaba mandado se recojese la gente cuando pareciese velar, e luego acudió alli el capitan questaba nombrado para la gente de a pie, e con el dos o tres hombres, y de acaballo vinieron cuatro, y pareció por delante del Morro una caravela no muy grande, sin que en ella pareciese gente, y pasó de largo hacia el Pueblo viejo, y los que la vieron dijeron que era una caravela conocida que se esperaba de Tierra-firme, y el Gobernador mandó a dos de acaballo que fuesen a correr la costa y viesen que era y que derrota llevaba, y quedose a recoger la gente que acudiese, hasta saber lo que era: y los de acaballo que invió a la playa, muy en breve dieron vuelta y dijeron que la caravela se habia llegado á la caleta de Juan Guillen, questá media legua pequeña del pueblo, y con el batel habia echado dos bateladas de gente en tierra, y venian en escuadron armados de coseletes y celadas, y los mas dellos arcabuceros, que serian doscientos hombres, e traian el camino del pueblo en la mano, por el monte, y unas estancias, y por alli desecharon el camino de la playa, que va a dar a la fortaleza. Oido esto, el Gobernador procuró recoger gente, y no pudo juntar, y acudieron seis ó siete de acaballo y cuatro de a pie, y en la verdad faltaron pocos de acudir, porque en el pueblo habia poca gente, porque algunos les estaba mandado acudir a la fortaleza y estaban ya en ella con el alcaide, que eran hasta veinte personas. Y vista la pujanza que habia en los enemigos y la poca posibilidad que tenia para hacer alguna resistencia, el Gobernador mandó a los que con el estaban que se fuesen a la fortaleza con los demas, y porque lo cumpliesen, embio a uno de los de a caballo que se fuese con ellos hasta que los pusiese dentro, e ansi lo hizo, e con el resto sestuvo hasta ver lo que subcedia. E llegados los franceses a entrar por la plaza, que venian por su hilera en ordenanza, se retiro a un pueblo de indios que estaba una legua de la Habana, que habra en el hasta cien indios, para desde alli recojer la gente y proveer lo que conviniese al remedio de la defensa de la fortaleza, pues ya el pueblo quedaba perdido. Y en parecer la caravela y echar la gente en tierra y entrar en el pueblo, no pasó termino de media hora, que fue todo con tanta presteza que pareció cosa de sueño. Y en este poco despacio que hubo en medio, dió lugar á que se salvasen las mujeres e algunas cosas de hacienda, e que no fuese el daño tan grande. E allegando a este pueblo de indios que digo, procuró recojerlos, porque casi todos estaban en el monte, y embió a llamar algunos españoles que estaban cerca, y escribió una carta al alcaide Juan de Lovera, en respuesta de otra que le inbió, diziendole como quedaba allí juntando la gente que pudiese para hazer socorro á la fortaleza, el cual hacia con toda brevedad, y en todo aqueste dia y noche hasta el jueves siguiente por la mañana, se recogieron hasta diez españoles, cuarenta indios, y con estos el Gobernador fue hasta media legua de la fortaleza con intento de meter en ella la gente que pudiese, lo cual se pudiera hacer bien, llevandola por el monte, sin que fuesen ofendidos ni sentidos de los enemigos, y en el camino llegó un vecino de los que habian quedado en defensa de la fortaleza, y dió relacion como los franceses a primera hora habian combatido la fortaleza e habian quemado las primeras puertas de la muralla, e que a media noche dieron otro combate e pusieron fuego a las puertas de la torre, las cuales quemaron, con los suelos y edificios de dentro della, y la comida y vitualla que habia, e que habian muerto dos hombres y herido otros cuatro ó cinco, y la torre quedó hueca, y el alcaide que con la gente quen ella habia se habian recogido al terrapleno e alli habia salvado la polvora y guarnicion. Este terrapleno es bien ancho y está abrazado con la torre: tiene altor de cinco tapias, que pocos dias antes que los franceses entrasen se habia hecho desta manera, e que acia la mañana el capitan frances hablo con el alcaide diciendo que se rindiese, pues se via perdido, porque si no lo hacia antes que amaneciese, él y los que alli estaban serian todos muertos, y que el alcaide, viendo no podia defenderse, le dijo que guardase la honra de cinco ó seis mujeres que se habian acogido a la fortaleza y otorgase la vida a él y á la demas gente, y quel se la entregaria, y el capitan frances aceptó la condicion, la cual no guardó, y con esto se entregó la fortaleza a los franceses. Y esta relacion que este vecino hizo, fue cierta por lo que despues se supo.
Sabido por el Gobernador como era entregada la fortaleza, se volvió con la gente que llevaba al pueblo de los indios y despachó mensajeros a estancias y otras partes donde estaban algunos vecinos del pueblo, para que se juntasen allí e acordasen lo que se habia de hacer, e desde el jueves hasta el sábado vinieron los que habia, y con ellos trató y platicó que seria bien dar sobre los enemigos de sobresalto y de noche, porque ya se sabia y decia que en la fortaleza habian muerto diez o doce dellos y algunos estaban heridos, e que habria hasta ciento cincuenta hombres de guerra, e que por estar dando lado a la caravela en que entraron y a otro navio de tres gavias de 300 toneladas, los cuales no habian podido entrar en el puerto hasta que fué tomada la fortaleza, dormian en tierra y repartidos en casas particulares del pueblo, con muy poca vela; y para efectuar esto se hizo copia de treinta y cinco españoles, que no se hallaron ni habia cuatro mas hábiles para pelear y doscientos y veinte negros y ochenta indios, y esta gente se mandó juntar y apercibir para el martes siguiente, e porque estaban desproveidos de armas, mandóseles que apercibiesen talegas de piedras e lanzas de puntas de monteria, e ansi se determinó e acordó de dar en los enemigos, lo cual por los vecinos con sus personas y esclavos se ofrecieron con toda voluntad, viendo cuanto importaba al servicio de S. M. y al bien comun que este pueblo no se destruyese, e que los enemigos no se llevasen el artilleria. En este comedio los franceses inviaron un prisionero para que se tratase de rescatar los presos y el pueblo, y para entender en esto dieron seguro a un Padre Dominico que reside en el pueblo de los indios, e fué a tratar dello con el capitan francés, el cual le pidió de rescate treinta mill pesos e cient cargas de pan y docientas arrobas de carne, e que con toda brevedad se le diese esto, e prometió e dió seguro que entretanto que se tratase el rescate no saldria del pueblo a las estancias ni haria mas daño de lo hecho, lo cual no cumplió, porque dos barcos de monterias de vecinos que otro dia entraron en el puerto, los tomó e robó e prendió nueve personas que en ellos venian. Embíamosles a ofrecer tres mill ducados de rescate; respondió que no pensaba que habia locos sino en Francia, y que nos determinásemos en lo que habia pedido, e que si no lo haciamos abrasaria la tierra y mataria los prisioneros. Entretanto la gente que estaba mandada apercibir se juntó sin faltar seis personas, y estando certificados de las espias que teniamos, que todavia dormian fuera de las naos divididos por casas del pueblo con muy poca vela, y que señoreándonos en las casas de Juan de Rojas, donde estaba el capitan y parte de la gente, el resto estaba ganado; acordóse que cincuenta personas escalasen por las espaldas las casas de Juan de Rojas, que por aquella parte no tiene mas de dos tapias en alto, y otros ochenta ganasen la puerta y patio, y que se hiciesen fuertes en lo alto que se pusiese fuego, que se podia cómodamente hacer, y questos tuviesen cuenta en soltar los prisioneros, questaban sueltos, encerrados en una pieza baja de las dichas casas, y el resto de la gente estuviese en una plazuela que se hace delante destas casas para resistir á los que acudiesen a socorrer al capitan.
Con esta orden y acuerdo, martes por la mañana partimos del pueblo de los indios, y toda la gente era de a pie, salvo sino era el Gobernador y nueve de acaballo que con ellos iban, y llegamos a una estancia de Juan de Rojas, donde se hizo alarde y se dijo y mandó a cada uno lo que habia de hacer y adonde habia de acudir, y el Gobernador nombró capitanes y de allí, bien tarde, fuimos a otra estancia questá tres tiros de ballesta del pueblo, metida en el monte, adonde dormimos la noche abajo, y no se halló novedad alguna, e dos horas antes que amaneciese, puesta la gente en orden, fuimos al pueblo, e antes que en él entrasemos, la gente de indios y negros, sin que se les pudiese estorbar, dieron gran grita, que fué causa que dispertasen y no los tomásemos desapercibidos, como los tomáramos sino fuera por la grita.
Los que llevaban cargo descalar la casa, por alguna desorden ó resistencia que hallaron, no salieron con ello, y la gente que acudió a tomar las puertas llegó a tiempo que las halló ya cerradas, y los de dentro bien apercibidos, jugando su arcabuceria. Púsose fuego a las puertas de Juan de Rojas y a otros dos pares de casas donde estaban franceses retraidos, y combatiéronse y juntáronse las dos casas, y en éstas y en otras se mataron diez y siete o diez y ocho franceses, y como la casa de Juan de Rojas es fuerte y de piedra, en ella habia mucha gente y gran resistencia, no se pudo entrar.
La nao se atravesó en el puerto y desde allí desvió con mucha artilleria que disparó, la gente que combatia esta casa, y lo mismo hizo un batel que salió de la nao con gente e versos, e venido el dia a una hora salido el sol, el capitan y gente que estaban en la casa de Juan de Rojas, salieron, y otros que estaban encerrados en la hermita, por todos serian hasta cient hombres armados con sus arcabuces, y en orden vinieron a dar en nosotros que estábamos recogidos en una calle, junto á las dichas casas.
A esta coyuntura faltaba casi la mitad de nuestra gente de negros e indios, y visto lo poco que podiamos ofender y el mucho daño que se podia recibir, nos retiramos de calle en calle, hasta salir del pueblo al monte, y allí no se pudo detener negro ni indio, porque cada uno se fué por su parte. De los nuestros murieron dos españoles, e seis salieron heridos, e cuatro indios e ocho negros, sin otros. Salieron heridos de los franceses, con los que se mataron en las casas, y otros que nos quisieron tomar las espaldas; se mataron por todos veinte y siete. El capitan francés quedó livianamente herido en el pecho de un bote de lanza que un negro le dió, el cual se habia adelantado al tiempo que se habian cerrado las puertas de la casa de Juan de Rojas, y antes que amaneciese, este capitan entró en el aposento donde tenia los prisioneros por su persona, sin buscar otro verdugo, los mató a todos, que eran veinte y cinco entre los prisioneros de la torre y los barcos de la monteria, y asimesmo mató otros nueve prisioneros que habia tomado en una caravela, cerca de cabo Cruz, pocos dias antes que entrase en este puerto. Solamente dió la vida a Juan de Lobera y otro vecino, que éstos dormian en lo alto de la casa.