que sería, cumpliendo lo ofrecido,
ricamente premiado,
mas cuando no, que moriría ahorcado.
El doctor asegura nuevamente
sacar un orador asno elocuente.
Dícele callandito un cortesano:
—Escuche, buen hermano;
su frescura me espanta;
a cáñamo me huele su garganta.
—No temáis, señor mío