metido en aquel encierro

le da vueltas con los pies.

Parece que cierto Can

que la máquina movía,

empezó a decir un día:

—Bien trabajo, y ¿qué me dan?

¡Cómo sudo! ¡Ay, infeliz!

Y al cabo por gran exceso,

me arrojarán algún hueso

que sobre de esa perdiz.