y volviendo la cara hacia el palacio,
respirando despacio, dice: —¡Oh fuego
en tal desasosiego! Tus manjares
más dulces, rejalgares son. ¿Tus gustos
compras con tales sustos? ¿Muerte al ojo?
¡No más corte! Yo escojo en paz mis hierbas,
no en guerra tus conservas, con tal costa,
que tu ancha puerta angosta al temor viene,
y tu regalo mil venenos tiene.
(Afectos divinos. Valladolid, 1638.)