el caballo, que era inquieto,
asentóle la herradura
y le reventó el divieso,
con que al punto le cesaron
los dolores al enfermo,
sintiéndose mejorado,
y quedó a voces diciendo:
—Vive Dios que mejor cura
el caballo que el maestro.
(Ver y creer, jornada 1.ª)