y dejólo ajusticiado.

Indignado el sombrerero,

con un garrote salió

y dos mil palos le dió

y tras cada golpe fiero

muchas veces repetía:

—¿Que era podenco no viste,

loco infame? Fuese el triste

y luego, aunque un gozque vía,

mastín, o perro mostrenco,