que saludaba a la aurora.

—¿A ti? —repuso éste—. ¡Vaya!

No te burlarás de mí;

a pájaros de tu laya

¿quién pudo enseñarles, di?

—¿Y por qué? —Porque es preciso

para aprender, escuchar,

y un charlatán nunca quiso

dejar hablar, sino hablar.

EL SOL Y EL POLVO