pero indirectamente, por supuesto.
—Fíe, padre, en el tino de Bartolo;
para indirectas, ¡oh!, me pinto solo.
Viene al siguiente día,
madrugando solícito, un molesto.
Llama. Tilín, tilín... —Ave María.
Bartolo, sin abrir la portería,
dice al madrugador: —Hermano, trate
de ir a otro manantial que no se agote:
desde hoy ningún pegote