Debo advertir que éste es el tratamiento que se da, entre la gente del pueblo de este país, por los yernos y nueras, á las suegras.

La vieja del segundo piso, sin dejar de clavar las rabas, al conocer la voz de su nuera, contesta de muy mala gana:

—¿Qué se te pudre?[{166-1}]

—¿Tiene un grano de sal para freir unas bogas?

—No tengo sal.

—Salu[{166-2}] es lo que no había de tener usté,—refunfuña la mujer del Tuerto.

—Vergüenza es lo que á ti te falta,—gruñe, al oirlo, la vieja.—Y sábete que tengo sal, pero que no te la quiero dar.

—Ya me lo figuro, porque siempre fué usté lo mismo.

—Por eso te he quitao el hambre más de cuatro veces, ¡ingratona,[{166-3}] desalmada!

—Lo que usté me está quitando todos los días es el crédito, ¡chismosona, más que chismosa!; y si no fuera por dar al diablo que reir, ya la había arrastrao por las escaleras abajo.