—Capaz serás de hacerlo ¡bribonaza!; que la que no quiere á sus hijos, mal puede respetar las canas de los viejos.

—¿Que no quiero yo á mis hijos?... ¿Que no los quiero?—ruge la de la buhardilla, puesta en jarras y echando llamas por los ojos.—¿Quién será capaz de hacerlo bueno?

—Yo—replica con mucha calma la vieja;—yo que los he recogido muchas veces en mi casa, porque tú los dejas desnudos y abandonaos en la calle cuando te vas á hacer de las tuyas de taberna en taberna... ¡borrachona!

—¡Impostora... bruja!—grita al oír estas palabras, descompuesta y febril, la mujer del Tuerto.—¿Yo borracha? ¿Cuántas veces me ha levantado usté del suelo, desolladora? Y aunque fuera verdá, á mi costa lo sería: á denguno le importa lo que yo hago en mi casa.

—Me importa á mí, que veo lo que suda el mi hijo[{167-1}] pa ganar un peazo de pan que tú vendes por una botella de aguardiente, en lugar de partirle con tus hijos. Por eso los probes angelucos[{167-2}] no tienen cama en que dormir, ni lumbre con que calentarse, ni camisa que poner;[{167-3}] por eso no tienes tú un grano de sal y me la vienes á pedir á mí... Cómpralo, ¡viciosona!... Pero vienes tú de mala casta para que seas buena.

—Mi casta es mejor que la de usté, por todos cuatro costaos. Y yo en mi casa me estaba. Él fué á buscarme.

—Nunca él hubiera ido... bien se lo dije yo: «¡Mira que ésa es callealtera, y no puede ser buena!»

—Los de la calle Alta tienen la cara muy limpia, y se la pueden enseñar á todo el mundo... algo mejor que los de acá abajo... ¡flojones, más que flojones! que se han dejao ganar tres regatas de seguido por los callealteros... Ésa es la rescoldera que á usté le pica; pero por más pedriques que echen en Miranda y más velas que pongan á los Mártiles,[{168-1}] san Pedruco el nuestro los ha de echar á pique.

—San Pedro no puede amparar nunca á gente tan desalmada como tú; y si se perdieron las regatas, Dios sabe por qué fué.

—Por falta de puños, pa que usté lo sepa.