Cuando al fin la tertulia se deshizo y en la calle me separé de mis compañeros, estaba un poco más sosegado. Pero al llegar á casa y quedarme solo en el cuarto, se apoderó de mí una tristeza mortal. Comprendí que aquella treta no serviría más que para agravar mi situación en el caso de que las sospechas recayesen sobre mí. Me desnudé maquinalmente y permanecí sentado al borde de la cama larguísimo rato,[{7-2}] absorto en mis pensamientos tenebrosos. Al cabo el frío me obligó á acostarme.
No pude cerrar los ojos. Me revolqué mil veces entre las sábanas, presa de fatal desasosiego, de un terror que el silencio y la soledad hacían más cruel. Á cada instante esperaba oir aldabonazos en la puerta y los pasos de la policía en la escalera. Al amanecer, sin embargo, me rindió el sueño; mejor dicho, un pesado letargo, del cual me sacó la voz de mi hija.
—Que[{7-3}] ya son las diez, padre. ¡Qué ojeroso está usted! ¿Ha pasado mala noche?
—Al contrario, he dormido divinamente—me apresuré á responder.
No me fiaba ni de mi hija. Luego añadí afectando naturalidad:
—¿Ha venido ya El Eco del Comercio?
—Tráemelo.
Aguardé á que mi hija saliese,[{8-1}] y desdoblé el periódico con mano trémula. Recorrílo todo con ojos ansiosos sin ver nada. De pronto leí en letras gordas: El crimen de la calle de la Perseguida, y quedé helado por el terror. Me fijé un poco más.[{8-2}] Había sido una alucinación. Era un artículo titulado El criterio de los padres de la Provincia. Al fin, haciendo un esfuerzo supremo para serenarme, pude leer la sección de gacetillas, donde hallé una que decía:
"Suceso extraño