Los enfermeros del Hospital Provincial tienen la costumbre censurable de servirse de los alienados pacíficos que hay en aquel manicomio, para diferentes comisiones, entre ellas, la de transportar los cadáveres á la sala de autopsias. Ayer noche cuatro dementes, desempeñando este servicio, encontraron abierta la puerta del patio que da acceso al parque de San Ildefonso, y se fugaron por ella llevándose el cadáver. Inmediatamente que el señor administrador del Hospital tuvo noticia del hecho, despachó varios emisarios en su busca, pero fueron inútiles sus gestiones. Á la una de la madrugada se presentaron en el Hospital los mismos locos, pero sin el cadáver. Éste fué hallado por el sereno de la calle de la Perseguida en el portal de la señora Da. Nieves Menéndez. Rogamos al señor decano del Hospital Provincial que tome medidas para que no se repitan estos hechos escandalosos.»
Dejé caer el periódico de las manos, y fuí acometido de una risa convulsiva que degeneró en ataque de nervios.
—¿De modo que había usted matado á un muerto?
LOS PURITANOS
(Novela)
Por Don Armando Palacio Valdés[{9-1}]
Era un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática. No tenía motivo para negarme á recibirle en mi habitación algunos días. El dueño de la fonda me lo presentó como un antiguo huésped á quien debía muchas atenciones. Si me negaba á compartir con él mi cuarto, se vería en la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual sentía extremadamente.
—Pues si no ha de estar en Madrid más que unos cuantos días, y no tiene horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en que V. le ponga una cama en el gabinete... Pero cuidado... ¡sin ejemplar!...
—Descuide V., señorito, no volveré á molestarle con estas embajadas. Lo hago únicamente porque D. Ramón no vaya á parar á otra casa. Crea V. que es una buena persona, un santo, y que no le incomodará poco ni mucho.