La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que me obligó á hacer lo mismo.

—¿Y V. por qué ha hecho eso?—le pregunté con la falta de delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistos los caballeros.[{20-1}]

—Por nada—repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echando á correr.

La seguí y la alcancé pronto.

—¡Qué polvorilla es V.!—le dije echándolo á broma[{20-2}]—¡Vaya un modo de despedirse!... Perdón si la he ofendido...

La niña, sin decir nada, volvió á tomar mi brazo. Caminamos un buen rato en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba á decir ó en lo que iba á hacer. Al fin, Teresa lo rompió, preguntándome resueltamente:

—¿No me dijo V. por carta que me quería?

—¡Pues ya lo creo que la quiero á V.!

—¿Entonces, por qué ha dejado de venir á verme y de pasar por la calle de día?

—Porque temía que su mamá...