LA BUENAVENTURA
Por Don Pedro Antonio de Alarcón[{30-1}]
I
No sé qué día de agosto del año 1816 llegó á las puertas de la Capitanía general de Granada cierto haraposo y grotesco gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido ó sobrenombre[{30-2}] Heredia, caballero en flaquísimo y destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían á una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo[{30-3}] pie á tierra, dijo con la mayor frescura «que quería ver al Capitán general.»
Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes antes de llegar á conocimiento del Excelentísimo Sr. D. Eugenio Portocarrero, conde del Montijo,[{30-4}] á la sazón Capitán general del antiguo reino de Granada... Pero como aquel prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor á lo ajeno... con permiso del engañado dueño,[{30-5}] dió orden de que dejasen pasar al gitano.
Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:
—¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!
—Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece...—respondió el Conde con aparente sequedad.
Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:
—Pues, señor, vengo á que se me den[{31-1}] los mil reales.