—¿Y dinero?
—Tres duros y siete reales.
—Pues dejadnos solos.
Todos se alejaron.
—Ahora dime la buenaventura—exclamó el ladrón, tendiéndome la mano.
Yo se la cogí;[{34-3}] medité un momento; conocí que estaba en el caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:
—Parrón, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes..., ¡morirás ahorcado!
—Eso ya lo[{34-4}] sabía yo... (respondió el bandido con entera tranquilidad.)—Dime cuándo.
Me puse á cavilar.
Este hombre (pensé) me va á perdonar la vida; mañana llego á Granada y doy el cante; pasado mañana lo cogen... Después empezará la sumaria...