—¿Dices que[{34-5}] cuándo? (le respondí en alta voz.)—Pues ¡mira! va á ser el mes que entra.
Parrón se estremeció, y yo también, conociendo que el amor propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.[{34-6}]
—Pues mira tú, gitano... (contestó Parrón muy lentamente.) Vas á quedarte en mi poder...—¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo á ti, tan cierto como ahorcaron á mi padre!—Si muero para esa fecha, quedarás libre.
—¡Muchas gracias! (dije yo en mi interior.) ¡Me perdona... después de muerto![{35-1}]
Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.
Quedamos en lo dicho: fuí conducido á la cueva, donde me encerraron, y Parrón montó en su yegua y tomó el tole por aquellos breñales...
—Vamos, ya comprendo... (exclamó el Conde del Montijo.) Parrón ha muerto; tú has quedado libre, y por eso sabes sus señas...
—¡Todo lo contrario, mi General! Parrón vive, y aquí entra lo más negro de la presente historia.
II
Pasaron ocho días sin que el capitán volviese á verme. Según pude entender, no había parecido por allí desde la tarde que le hice la buenaventura; cosa que nada tenía de raro, á lo que me contó uno de mis guardianes.