—Sepa V. (me dijo) que el jefe se va al infierno de vez en cuando, y no vuelve hasta que se le antoja.—Ello es que nosotros no sabemos nada de lo que hace durante sus largas ausencias.

Á todo esto, á fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho la buenaventura á todos los ladrones, pronosticándoles que no serían ahorcados y que llevarían una vejez muy tranquila, había yo conseguido que por las tardes me sacasen[{35-2}] de la cueva y me atasen á un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.

Pero excuso decir que nunca faltaban á mi lado un par de centinelas.

Una tarde, á eso de las seis, los ladrones que habían salido de servicio aquel día á las órdenes del segundo de Parrón, regresaron al campamento, llevando consigo, maniatado como pintan á nuestro Padre Jesús Nazareno, á un pobre segador de cuarenta á cincuenta años, cuyas lamentaciones partían el alma.

—¡Dadme mis veinte duros! (decía.) ¡Ah! ¡Si supierais con qué afanes los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo el fuego del sol!... ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos!—¡Así he reunido, con mil sudores y privaciones, esa suma, con que podríamos vivir este invierno!... Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos y pagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices, ¿cómo he de perder ese dinero, que es para mí un tesoro?—¡Piedad, señores! ¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima!

Una carcajada de burla contestó á las quejas del pobre padre.

Yo temblaba de horror en el árbol á que estaba atado; porque los gitanos también tenemos[{36-1}] familia.

—No seas loco... (exclamó al fin un bandido, dirigiéndose al segador.)—Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes cuidados mayores en que ocuparte...

—¡Cómo!—dijo el segador, sin comprender que hubiese[{36-2}] desgracia más grande que dejar sin pan á sus hijos.

—¡Estás en poder de Parrón!