—Parrón... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído nombrar... ¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.
—Pues, amigo mío, Parrón quiere decir[{37-1}] la muerte. Todo el que cae en nuestro poder es preciso que muera.[{37-2}] Así, pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos.—¡Preparen! ¡Apunten!—Tienes cuatro minutos.
—Voy á aprovecharlos... ¡Oídme, por compasión!...
—Habla.
—Tengo seis hijos... y una infeliz...—diré viuda..., pues veo que voy á morir...—Leo en vuestros ojos que sois peores que fieras... ¡Sí, peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas á otras.—¡Ah! ¡Perdón!... No sé lo que me[{37-3}] digo.—¡Caballeros, alguno de ustedes[{37-4}] será[{37-5}] padre!... ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo que es una madre que ve morir á los hijos de sus entrañas, diciendo: «Tengo hambre..., tengo frío»?—Señores, ¡yo no quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una cadena de trabajos y privaciones!—¡Pero debo vivir para mis hijos!... ¡Hijos míos! ¡Hijos de mi alma!
Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladrones una cara... ¡Qué cara!... Se parecía á la de los santos que el rey Nerón echaba á los tigres, según dicen los padres predicadores...
Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraron unos á otros...; y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió á decirla...
—¿Qué dijo?—preguntó el Capitán general, profundamente afectado por aquel relato.
—Dijo: «Caballeros, lo que vamos á hacer no lo sabrá nunca Parrón...»
—Nunca..., nunca...—tartamudearon los bandidos.