—Márchese V., buen hombre...—exclamó entonces uno que hasta lloraba.
Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.
El infeliz se levantó lentamente.
—Pronto... ¡Márchese V.!—repitieron todos, volviéndole la espalda.
El segador alargó la mano maquinalmente.
—¿Te parece poco? (gritó uno.)—¡Pues no quiere su dinero![{38-1}]—Vaya..., vaya... ¡No nos tiente V. la paciencia!
El pobre padre se alejó llorando, y á poco desapareció.
Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones en jurarse unos á otros no decir nunca á su capitán que habían perdonado la vida á un hombre, cuando de pronto apareció Parrón, trayendo al segador en la grupa de su yegua.
Los bandidos retrocedieron espantados.
Parrón se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos cañones, y, apuntando á sus camaradas, dijo: