—¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo no os mato á todos!—¡Pronto! Entregad á este hombre los duros que le habéis robado!

Los ladrones sacaron los veinte duros y se los dieron al segador, el cual se arrojó á los pies de aquel personaje que dominaba á los bandoleros y que tan buen corazón tenía...

Parrón le dijo:

—¡Á la paz de Dios![{39-1}]Sin las indicaciones de V., nunca hubiera dado con ellos. ¡Ya ve V. que desconfiaba de mí sin motivo!... He cumplido mi promesa... Ahí tiene V. sus veinte duros...—Conque... ¡en marcha!

El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo.

Pero no habría[{39-2}] andado cincuenta pasos, cuando su bienhechor lo llamó de nuevo.

El pobre hombre se apresuró á volver pies atrás.

—¿Qué manda V.?—le preguntó, deseando ser útil al que había devuelto la felicidad á su familia.

—¿Conoce V. á Parrón?—le preguntó él mismo.

—No lo conozco.