—¡Te equivocas! (replicó el bandolero.) Yo soy Parrón.
El segador se quedó estupefacto.
Parrón se echó la escopeta á la cara y descargó los dos tiros contra el segador, que cayó redondo al suelo.
—¡Maldito seas!—fué lo único que pronunció.
En medio del terror que me quitó la vista,[{39-3}] observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban.
Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.
Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.
Entretanto decía Parrón á los suyos, señalando al segador:
—Ahora podéis robarlo.—Sois unos imbéciles..., ¡unos canallas! ¡Dejar á ese hombre, para que se fuera, como se fué, dando gritos por los caminos reales!... Si conforme soy yo quien se lo encuentra y se entera de lo que pasaba, hubieran sido los migueletes, habría dado vuestras señas[{40-1}] y las de nuestra guarida, como me las ha dado á mí, y estaríamos ya todos en la cárcel.—¡Ved las consecuencias de robar sin matar!—Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver para que no apeste.
Mientras los ladrones hacían el hoyo y Parrón se sentaba á merendar dándome la espalda, me alejé poco á poco del árbol y me descolgué al barranco próximo...