Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí á todo escape, y, á la luz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente, atado á una encina. Montéme en él, y no he parado hasta llegar aquí...
Por consiguiente, señor, déme V. los mil reales, y yo daré las señas de Parrón, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio.
Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego la suma ofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrados al Conde del Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado todos estos pormenores.
Réstanos ahora saber si acertó ó no acertó Heredia al decir la buenaventura á Parrón.
III
Quince días después de la escena que acabamos de referir, y á eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa presenciaba, en la calle de San Juan de Dios y parte de la de San Felipe[{41-1}] de aquella misma capital, la reunión de dos compañías de migueletes que debían salir á las nueve y media en busca de Parrón, cuyo paradero, así como sus señas personales y las de todos sus compañeros de fechorías, había al fin averiguado el Conde del Montijo.
El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de sus familias y amigos para marchar á tan importante empresa. ¡Tal espanto había llegado á infundir Parrón á todo el antiguo reino granadino!
—Parece que ya vamos á formar... (dijo un miguelete á otro), y no veo al cabo López...
—¡Extraño es, á fe mía, pues él llega siempre antes que nadie cuando se trata de salir en busca de Parrón, á quien odia con sus cinco sentidos!
—Pues ¿no sabéis lo que pasa?—dijo un tercer miguelete, tomando parte en la conversación.