Lo malo es que á la salida de misa había visto también el indiano á la niña de la fuente, y no hay que decir si, con su ropa dominguera y su cara de pascua, y por la fuerza del contraste, le pareció bonita, dulce, encantadora, máxime cuando, bajando los ojos y con mimoso dengue, la moza le preguntó «si hoy no quería agüiña bien fresca.» ¡Vaya si la quería! Pero el hado, ó los hados (que así se invocan en singular como en plural) le obligaban á beber veneno, y Sebastián, hecho un héroe, entre el asombro de la aldea y las bascas del propio espanto, se informó de la feona, pidió á la feona, encargó las galas para la feona y avisó al cura y preparó la ceremonia de los feos desposorios...
Acaeció que la víspera del día señalado, estando Sebastián á la puerta de su casa, que proyectaba transformar en suntuoso palacete, vió á la niña de la fuente que pasaba descalza y con la herrada en la cabeza. La llamó, sin que él mismo supiese para qué, y como la moza entrase[{49-1}] al corral, de repente el indiano, al contemplarla tan linda é indefensa—pues la mujer que lleva una herrada no puede oponerse á demasías—la tomó una mano y la besó, como haría algún galán del teatro antiguo. Rióse la niña, turbóse el indiano, ayudóla á posar la herrada, hubo palique, preguntas, exclamaciones, vino la noche y salió la luna, sin que se interrumpiese el coloquio, y á Sebastián le pareció que en su espíritu no era la luna, sino el sol de Mediodía lo que irradiaba en oleadas de luz ardorosa y fulgente...
—Señor cura—dijo pocas horas después al párroco, yo no puedo casarme con aquélla, porque esta noche soñé que era un dragón y que me comía. Puede creerme, que lo soñé.
—No me admiro de eso—respondió el párroco reposadamente. Ella dragón no será,[{49-2}] pero se le asemeja mucho.
—El caso es que tengo hecho voto. ¿Á V. qué le parece? Si le regalo la mitad de mi caudal á esa fiera, ¿quedaré libre?
—Aunque no le regale V. usted sino la cuarta parte, ó la quinta. ¡Con dos reales que la dé para sal![{50-1}]...
Sin duda el cura no era tan supersticioso como Becerro, pues el indiano, á pesar de la interpretación latísima del párroco, antes de casarse con la bonita hizo donación de la mitad de sus bienes á la fea, que salió ganando:[{50-2}] no tardó en encontrar marido muy apuesto y joven. Lo cual parece menos inverosímil que el desprendimiento de Sebastián. Verdad que éste era fruto del miedo.
LA BARCA ABANDONADA
Por Don Vicente Blasco Ibáñez[{51-1}]
Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar de reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el vientre, jugaban á la carteta á la sombra de las embarcaciones; y los viejos, fumando sus pipas de barro traídas de Argel, hablaban de la pesca ó de las magníficas expediciones que se hacían en otros tiempos á Gibraltar y á la costa de África, antes que al demonio se le ocurriera[{51-2}] inventar eso que llaman la Tabacalera.